Los Angeles (especial) - El violento ataque de Michael Moore (ganador del Oscar por «Bowling For Columbine») contra el presidente George W. Bush y la guerra en Irak no deja de tener repercusiones. A favor o en contra, el sarcástico y a la vez pintoresco documentalista se ha convertido, de la noche a la mañana, en una figura pública que rompió el círculo hasta ahora limitado de sus fans.
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Sus películas anteriores (en especial, «Roger y yo», realizada una década atrás y en la que embestía contra el presidente de la General Motors, Roger Smith) han desaparecido de los negocios de video, y su libro «Estúpidos hombres blancos», distribuido hace 4 años, también está a punto de agotarse. Para algunos, el domingo nació una nueva estrella en la opaca fiesta de los Oscar, pero para muchos otros su «estrella» se extinguiría rápidamente porque interpretan que esa enorme parte de los ciudadanos americanos, que sí están de acuerdo con la guerra, le darán la espalda. La industria está convencida de que la ceremonia del Oscar no es púlpito aconsejable para difundir ideas políticas o provocar efectos anti-protocolares. Se cree que, a breve o mediano plazo, quien desafía esa regla de oro no sólo no obtiene réditos sino que pone en riesgo su carrera.
Los dos casos más resonantes fueron los de Marlon Brando y Vanessa Redgrave. En 1973, Brando rechazó su Oscar al mejor actor por «El Padrino» y envió en su lugar, para recibirlo, a la supuesta presidente de una liga de aborígenes americanos, Sacheen Littlefeather, que hizo un discurso sobre la explotación de esas minorías. Poco después se supo que la tal «Littlefeather» («Pequeñapluma») era en realidad una actriz paga, María Cruz.
En 1978, Vanessa Redgrave, ganadora del Oscar como mejor actriz de reparto por «Julia», desató una tormenta más grande todavía. Por aquellos tiempos, la actriz tenía vínculos amistosos con Yasser Arafat y la OLP, y en su discurso de aceptación del Oscar atacó a la «mafia sionista». Aunque la actriz explicó más tarde que no se refería a los israelíes sino a un grupo demoninado «Jewish Defence League» («Liga de defensa judía»), que -según ella- había tratado de presionar a la 20th. Century Fox para que la despidiera del estudio, su exabrupto provocó numerosas manifestaciones en su contra. Tanto en el caso de Brando como en el suyo, coincidentemente o no, sus carreras empezaron a declinar a partir de ese momento.
Mucha gente esperaba el domingo de Susan Sarandon, Dustin Hoffman o Barbra Streisand, elocuentes declaraciones antibélicas, pero nada dijeron. No hay de qué sorprenderse: en 1972, la conocida activista antibélica Jane Fonda, que hasta había viajado a Hanoi, tuvo que agradecer un Oscar. La expectativas sobre su discurso eran enormes pero ella las defraudó: con la estatuilla en la mano, sólo pronunció: « Habría mucho que decir, pero no lo voy a hacer esta noche. Sólo voy a agradecerles mucho este Oscar».
Declaraciones altisonantes sobre la política interna de Hollywood, en todo caso, son más toleradas. En 1977, la guionista y dramaturga Lillian Hellman le agradeció irónicamente a la industria el haberse opuesto al maccarthismo con «toda la fuerza y coraje de una cacerola de puré de papas». Y uno de los más elocuentes pronunciamientos de los actores ocurrió en silencio, cuatro años atrás, cuando la Academia le otorgó un Oscar honorífico a Elia Kazan, un gran artista que, sin embargo, siempre fue sindicado como denunciante en los años de McCarthy. En el momento de la entrega, una enorme parte del auditorio (entre ellos Ed Harris, Nick Nolte y Steven Spielberg) mantuvieron sus manos sobre las rodillas sin aplaudir, tal como los mostró la cámara de televisión.
En su editorial de ayer, «The New York Times» arriesgó una interpretación vinculada a las razones de mercado: «La sociedad del entretenimiento», dijo « habrá descubierto el domingo que la libertad de expresión no es necesariamente libre. Los actores habrán meditado acerca de esa línea sutil que separa la sensibilidad política del decoro profesional. Si uno tiene un público que paga, cualquier palabra que se diga tiene un precio. Posiblemente, los estudios hollywoodenses no hayan presionado a sus figuras a mantener la boca cerrada, pero uno de los significados de ser actor es entender la naturaleza del público. Michael Moore, que tanto atacó al presidente y a la guerra, pudo haberlo hecho por un tema de conciencia, pero también es innegable que lo que dijo es, justamente, lo que su público espera de él».
A juicio de la mayor parte de los analistas del espectáculo, las palabras de Moore, que llamó a Bush un «presidente ficticio, surgido de elecciones ficticias y que nos lleva a una guerra por razones ficticias», fueron las más duras que nunca se hayan dicho en la historia del Oscar. Además, cuando la orquesta empezó a tapar su discurso, estaba diciendo su frase quizá más contundente: «Cuando alguien tiene en contra al Papa y a las Dixie Chicks a la vez, está terminado». Las Dixie Chicks son un conjunto folk cuya fama se magnificó después de que su líder criticó también a Bush por su política exterior, mientras que la mayor parte de las FM levantaban sus temas del aire.
Algunos medios recordaron que, en 1975, otro ganador del Oscar documental tuvo fuertes expresiones antibélicas, en ese caso contra la guerra en Vietnam. Era el productor de «Hearts and Minds», Burt Schneider, que al recibir la estatuilla leyó una carta del comando norvietnamita que decía: « Por favor, transmita a nuestros amigos en los EE.UU. nuestro enorme reconocimiento por todo lo que han hecho en favor de la paz». De inmediato, una legión de televidentes llamaron para protestar a la NBC (que transmitía la ceremonia), al punto tal de que Frank Sinatra, maestro de ceremonias ese año, fue obligado a decir: «No somos responsables por las declaraciones políticas que se hagan esta noche, y además las lamentamos». Si bien Moore no leyó una carta de Saddam Hussein, para muchos oídos sus palabras fueron más virulentas todavía. Es un enigma si su carrera, de aquí en más, transcurrirá en el paraíso o en el infierno.
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