13 de noviembre 2003 - 00:00

El amor a los 50 en disfrutable comedia

Rosa María Sardá y Juan Coronado
Rosa María Sardá y Juan Coronado
«Anita no pierde el tren» (Anita no perd el tren, Cataluña, 2001, habl. en español). Guión y dir.: V. Pons. Int.: R.M. Sardá, J. Coronado, M. Barranco.

V iuda, ex boletera de cine, Anita dice estar en la flor de la vida, aunque García Lorca la hubiera puesto como la flor de «Doña Rosita la soltera», segundo acto, un poquito pasado el mediodía, y su jefe, perdón, su ex jefe, y los nuevos dueños del negocio la consideran todavía más pasada la tarde, al punto que la han hecho a un lado «por antigua».

En efecto, de buenas a primeras, ella se vio sin empleo, sin indemnización, y sin nada que hacer, salvo charlar con su amiga y vecina, que es más joven, y seguir yendo todos los días, de puro vicio, al lugar donde estaba el cine donde pasó tantos años, pero donde ahora ya no hay sino un terreno pelado, porque van a edificar un complejo. Y pese a todo esto, Anita es feliz. Es que en ese mismo lugar, de un modo tan gracioso que emociona (pero es que todo en esta película está llevado con una gracia que emociona), Anita se ha puesto de novia. El tipo, un poquito más joven, es tan distinto a ella, y encima lo primero que le dice al tomarle la mano es que está casado -otra escena inesperadamente graciosa por la cara que pone ella-, y más tarde también va a decirle otra cosa que podría tirarla abajo... y de nuevo, pese a esto, Anita es feliz. Porque ella, ésta no se la va a perder. Y cuando todo haya pasado, si es que pasa, ¿quién va a quitarle a Anita lo bailado? Hay que verla, con todas las expresiones que le pone esa actriz encantadora que es Rosa María Sardá (premio especial en Mar del Plata 2001 por este personaje), mirando a la segunda oportunidad de su vida, o mirando directamente a cámara, para contarle al público la historia de su vida, de cuando era chiquita y quería ser como Marisol, o tuvo aquel filito de verano que salió literalmente corriendo apenas la vio haciéndose la Vivien Leigh. Y cuando en el brazo de una excavadora se siente como Fay Wray en la palma de King Kong, o cuando reencarna a Greta Garbo con John Gilbert, cómicamente cambiados. Claro, tantos años trabajando en un cine...

Valga la aclaración. Aunque haya varios chistes semejantes, ésta no es una de esas películas sólo para cinéfilos. Las referencias cinéfilas pasan por un afiche de «Cinema Paradiso» y cosas semejantes, que todo el mundo conoce y comparte. Y tampoco es sólo para esas mujeres que llevan una Anita en la mirada (hay tantas, y a veces ellas mismas no lo advierten). Esta es, sencillamente, una comedia romántica de la mediana edad, hecha para que la gente de cualquier edad salga contenta del cine. Su autor, Ventura Pons, es un artista rico en afectos, ingenio, y frescura. Uno que, como alguien dice de cierto personaje, en otra película suya, «le gusta ganarse la vida sin olvidarse de vivirla», y hacerla vivir. Es bueno conocer alguien semejante.

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