"Trama", o continuidad del automóvil en la actividad manual, según la mexicana Betsabeé Romero.
En 1909, el poeta Marinetti, ideólogo del futurismo, consideraba que un automóvil rugiente es más hermoso que la Victoria de Samotracia. Nacida en 1963, la mexicana Betsabeé Romero que en estos días exhibe sus obras en el Centro Cultural Recoleta, está lejos de celebrar los rugidos de las máquinas o la belleza de la velocidad que inspiraban a Marinetti, pero los autos son el soporte y motivo de todo su arte.
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Lo que hace Romero, es pegar una frenada y poner en juego una dinámica que va más allá de la embriaguez que provoca un aparato veloz. Así deja al descubierto el lado oscuro del vértigo tecnológico. El discurso que subyace en su obra es la lucha contra la desertificación del planeta y la cultura uniforme, pero el lenguaje es eminentemente visual y, sobre todo, ostenta la marca de su expansiva autora y una gracia incomparable.
La obra de la mexicana se reconoce de inmediato, ya que trabaja con autos abandonados y algunas de sus piezas, ventanillas, ruedas o capots, en suma, con cascajos que han perdido todo esplendor. Sin embargo, no sólo sabe sacar provecho del diseño, realzando la línea de los modelos que interviene, sino que además los utiliza como espacio semipúblico trasladable. Es decir, los autos son la base de operaciones de sus instalaciones y performances callejeras, algo así como pequeñas y democráticas instituciones, dedicadas a exhibir su propia obra donde quiera que sea, con el fin de explora la resonancia del arte en áreas suburbanas.
La iconografía que utiliza va desde el origen azteca hasta las artesanías tradicionales de México; como la de llanta con las calaveras de Guadalupe Posadas, o como la maqueta del auto que enfundó en terciopelo negro con dramáticas flores bordadas, transformándolo en un objeto nocturno y hechicero.
Es decir, Romero no es una fan del automovilismo, es más bien una artista inteligente. Capaz de hablar con destacable humor de la violencia, los problemas económicos, la seducción, la salud, la memoria, la vida doméstica y la historia de su país entre otros temas, simplemente a través de sus intervenciones sobre un objeto único y exclusivo: el auto.
Así, los bellos bajorrelieves, las flores o motivos precolombinos que esculpe sobre las llantas de goma, van dejando huellas de la memoria arcaica al derrapar sobre el pavimento. Con una carrocería cubierta de afilados vidrios rotos y un auto totalmente enyesado, logra suscitar la sensación de riesgo o de choque inminente. Y cuando conjuga elementos disímiles, como una planta que crece en un auto abandonado, o coloca en el baúl abierto de un taxi una interminable alfombra de pasto que puede verse como un jardín, invita a cuestionar la densidad creciente del cemento urbano.
Las imágenes de esta última obra, «Taxi verdor», se exhiben en el Centro Cultural Recoleta, las fotos muestran la escena con el auto real y debajo -a modo de explicación-, unos textos manuscritos de la artista cuentan la graciosa historia de este auto. Pero además, con el mismo título, figura una interesante pintura que parodia el futurismo. Es que, como destaca Corinne Abadi en el texto del catálogo, Romero posee un formación profesional « infrecuente», es master en artes visuales, doctorada en historia del arte y licenciada en comunicación. El estudio no puede suplir el talento, aunque, por supuesto, es preciso reconocer que ayuda a exaltarlo. Y bien vale la pena detenerse a observar la simpatía y el interés que despierta esta obra en el público, los comentarios, las sonrisas de complicidad.
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