El artista ante la sociedad: ¿elegidos, genios o réprobos?

Espectáculos

La figura del artista, que durante siglos tuvo el mismo nivel que la del artesano, se consolidó en el Renacimiento cuando el arquitecto, escultor, pintor y crítico Lorenzo Ghiberti propuso sumar al trabajo manual una educación humanista y, como prueba de su nuevo status, fundió su propio retrato en las puertas del bellísimo baptisterio de Florencia.

En 1436, León Battista Alberti escribió que la pintura «tiene en sí un poder divino». Al culminar el Quattrocento, el filósofo Marsilio Ficino no sólo apoyó esa teoría, sino que agregó: «Los artistas están arrebatados por un estado de locura divina».

El criterio del artista como un ser genial y superior al resto de los hombres, que mira con indiferencia las cuestiones prosaicas y vive pendiente de su inspiración mientras el resto de los mortales debe admirar sus creaciones, respetar su libertad y su individualismo excesivo, fue cambiando a través de los siglos, pero perdura en la actualidad.

Al promediar el siglo XX, el crítico
Clement Greemberg dijo que hay que confiar en una especie de séptimo sentido y un ojo muy entrenado, y aseguró que «hay criterios» para saber qué es lo bueno; sin embargo, aclaró que «la diferencia no puede ser puesta en palabras» y, para acrecentar la dificultad, agregó que «nadie prescribe sobre el arte y los artistas, que sólo puedes esperar y ver qué pasa». Desde entonces, la humanidad debate la posible «genialidad» de las obras de arte y, en medio de esta marea de dudas, cada vez más artistas continúan creando con mayor o menor confianza en su propio talento.

En la muestra
«Superyó» que en la actualidad se exhibe en el espacio Contemporáneo del Malba, la curadora Eva Grinstein descubre los rasgos que aún perduran del paradigma renacentista. Con un trabajo que compite en creatividad con el de los artistas, Grinstein presenta a Guillermo Iuso, Miguel Rothschild, Martín Sastre y Tamara Stuby, que parecen haber construido sus obras alrededor de su propia «locura divina», forzado aun más el modelo, ya que -como señala la curadora- construyen el discurso artístico alrededor de sus propias vidas y usan el arte «como plataforma para la creación de una identidad personal».

• Humor

Un saludable humor predomina en la fotonovela «Rothschild reclama su herencia» (Berlín, 1992), donde el artista del mismo nombre simula ser pariente de los ricos banqueros que llevan su mismo apellido y así consigue casarse con una poderosa heredera de esa familia. Lo que sigue es la saga de su ascenso social y la simultánea pérdida de su talento artístico que, finalmente, es lo único que le importa. El melodrama concluye cuando Rothschild abandona el castillo, los partidos de badgminton y una vida glamorosa para terminar como pintor callejero.

Estudioso de los tics de Hollywood,
Sastre es un «genio» que logra hacer fortuna y escalar posiciones en el sistema del arte. El video «The Dark Side of the Pop» (Madrid 2004), comienza con la imagen de un niño que lee las ediciones de Taschen, se convierte en artista, e inicia una veloz y descarada carrera en busca de la fama y el éxito al compás de una música pegadiza y el lema «el tiempo es oro».

«Iusismo»
(Buenos Aires, 2004), la serie de collages de papeles y fotografías intervenidas con fibras de colores de Iuso, está compuesta por un registro obsesivo de su realidad cotidiana. Es una autobiografía desinhibida y a la vez una compulsiva descarga de sus problemas, ideas y relaciones llevada al colmo del egocentrismo. Este relato abrumador es un caso «testigo» de egomanía artística que pone a prueba la capacidad del espectador.

La instalación de
Tamara Stuby (1998-2004), «Informe anual: un año de mi vida en estadísticas», también se nutre -como la obra de Iuso-de la obsesión por el ego, pero en este caso la artista utiliza una metodología científica para dejar constancia del modo en que utilizó su tiempo. En gráficos de impecable factura, cuenta que durante 700 horas estuvo «esperando algo que salió peor de lo que había pensado», y 900 «hablando con alguien que nunca entendió lo que estaba diciendo». En este verdadero ajuste de cuentas consigo misma, agrega datos como el tiempo que invirtió -o perdió- en ganar dinero, o segmenta en porcentajes sus temas de conversación, como Bienales, galeríasy hablar «mal» de otros artistas. En suma, una muestra que desde la perspectiva actual, pone otra vez en el candelero la figura del artista, con sus luces y sus sombras, sus logros y debilidades.

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