El bolchevismo, por quien lo sufrió

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Iván Bunin «Días malditos (Un diario de la Revolución)» ( Barcelona, Acantilado, 2008, 212 págs.)

Si el libro «Diez días que conmovieron el mundo» de John Reed ha quedado como testimonio directo, desde la visión épica de un periodista norteamericano de izquierda, de la Revolución Bolchevique, «Días malditos» del premio Nobel de Literatura Iván Bunín (primer ruso en conquistarlo) es su contundente contraparte, son las anotaciones casi diarias de un escritor aristócrata y conservador sobre los acontecimientos padecidos en Moscú y Odessa entre los años 1918 y 1919, y que junto con prohibiciones y censuras, lo forzaron a exiliarse en París en 1920 (donde murió 40 años después).

Las notas que conforman este libro, y que son un testimonio literario de la barbarie revolucionaria vivida por un espíritu liberal, resultan más eficaces que muchos ensayos o estudios históricos por su caracter íntimo, interno, de los sucesos ocurridos. Bunin escondió estos apuntes bajo una losa de su mansión de Odessa por temor a que, de ser descubiertos, le traerían la represalia de la policía soviética, ese comité que a partir de 1950 se conocería como KGB, Comité para la Seguridad del Estado. Bunin, en este diario del caos, da datos del ambiente que lo rodea donde hasta se comenta que «ni Lenin es el verdadero, lo asesinaron hace tiempo y colocaron a otro en su lugar». Bunin, con su colección de los rumores de la calle y lo publicado en los diarios, da una imagen vivencial del entorno que padece donde, además de la agitación insurrecional, se enfrenta el Ejército Rojo de los bolcheviques con el Blanco de zaristas, monárquicos, conservadores, liberales y socialistas moderados. Bunin destaca la persecución de los judíos que hacen los soviets y el creciente y violento antisemitismo. Los bolcheviques proclaman: «hay que instaurar un terror inmisericorde contra la burguesía, los canallas guardias blancos, los traidores, los judíos conspiradores, los espías,los cobardes y los aprovechados. Hay que despojar a la burguesía de todo remanente de dinero y de ropas» y el escritor no deja de informar que «las paredes de la ciudad están llenas a rebosar de semejantes llamamientos».

Explica con tono de justificación que «en un clima de desorden y violencia, la literatura y el arte verdaderos no encuentran su lugar». Y agrega en uno de sus párrafos: «la literatura rusa se ha corrompido de formaextraordinaria; la calle y el gentío han pasado a jugar un papel prominente; todo ha salido a la calle -especialmente, la literatura-, se mezcla con ella y sucumbe bajo su influencia. Y la calle pervierte y enerva, siquiera porque el hecho de que es terriblemente desmesurada en los elogios que prodiga a quien la adula».

Máximo Soto

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