19 de septiembre 2002 - 00:00

"EL BONAERENSE"

Escena del film
Escena del film
«El bonaerense» (id., Argentina, 2002; habl. en esp.). Dir.: P. Trapero. Int.: J. Román, M. Ardú, H. Anganuzzi, V. H. Carrizo y otros.

D espués de «Mundo grúa», «El bonaerense» hace más sólido aun el lugar de Pablo Trapero entre los más destacados directores del cine argentino realista del momento. Su nuevo largometraje, además, comporta una audacia mayor, que debería beneficiar a la película en la medida que el espectador concurra a verla sin la inapropiada expectativa de que lo sermoneen, una vez más, desde la izquierda o la derecha.

«El bonaerense»
, aunque tenga como espacio de ficción a la policía de la provincia de Buenos Aires (institución que colaboró en su realización), afortunadamente le debe más a Vittorio de Sica o a Leonardo Favio que a los films montoneros o a las miniseries de Baby Etchecopar.

Ni maldita ni bendita policía sino una policía real, humanizada, creíble, con sus corajes y sus miserias: un relato contundente y lúcido, no otra filípica demagógica. En ese sentido, por toda la maraña de prejuicios a la que se expone, es doblemente valiente que el cine «valiente».

La crónica de este niño solo es la de Zapa (un convincente Jorge Román, actor no profesional como la mayoría del reparto), un cerrajero provinciano al que un estafador de mala muerte, el «Polaco», utiliza para formar parte de un robo. Desde luego, el único que cae es el ingenuo protagonista, y de allí en más, con la ayuda de un familiar suyo, policía retirado, Zapa ingresa a la bonaerense desde el escalafón más bajo. Resentido y agradecido a la vez, ahora es su turno para descubrir cómo funciona el mundo, qué significa lealtad y traición, cómo arreglárselas para sobrevivir en un ambiente donde el menor tropiezo se paga con la muerte. Como en «Mundo grúa», Trapero vuelve a dar pruebas de una infrecuente pericia en la presentación y el manejo de personajes y situaciones. Su cámara sorprende a los actores en el instante justo del acontecimiento, con trasparencia y sin artificio, dos características frecuentemente ausentes en un cine, como el nacional, tantas veces abrumado por la impostación o, como en los últimos años, el experimentalismo hueco. Este es otro valor del film: lo que se ve en la pantalla interesa, y no ocurre simplemente porque la lente lo esté tomando.

Es estupenda la escena de los disparos al aire durante la sórdida Navidad en la seccional, lo mismo que la del encuentro sexual dentro del auto entre Zapa y su profesora policial (Mimí Ardú), que además está cargada de un erotismo salvaje. Del mismo modo, la dramaturgia está casi al mismo nivel que las imágenes: el ejemplo más rico es la forma en que va evolucionando la relación entre el aprendiz Zapa y su superior, el comisario Gallo. La textura fotográfica de la película, un color que se buscó opaco, sucio, termina de completar formalmente las virtudes de la producción.

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