Aunque la invitación parezca dirigida al públcio de James Bond, «El sastre de Panamá» preparó la fiesta para otros espectadores: los que disfrutaron, a veces añoran y no se pierden ni una de las películas de los '50 sobre la Guerra Fría que cada tanto repone el canal «Film & Arts», sobre todo las que llevaban la firma de Graham Greene en el guión.
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De hecho, la novela de John Le Carré en la que se basa el nuevo film de John Boorman, es un confeso homenaje a «Nuestro hombre en La Habana», aquella magnífica invención en la que el fabulador Alec Guinness le vendía, a los servicios de inteligencia británicos, el diseño de una sofisticada arma del enemigo, que no era otra cosa que una de las aspiradoras que él comerciaba en Cuba.
En «El sastre de Panamá», aunque ambientada en el presente, sobrevive aquel mundo de espías, simuladores, mentirosos, prostitutas, políticos en decadencia y revolucionarios de brazos caídos, arruinados por el alcohol y el escepticismo. Como lo define con exactitud uno de los personajes, en un club privado donde flota el humo de los cigarros y la corrupción: «Esto es Casablanca, pero sin héroes».
Pierce Brosnan, en las antípodas de 007, es un agente secreto inglés enviado a Panamá. Su misión y destino, antes que prioritarios para Londres, son un castigo: el espía se ha acostado con la esposa de un embajador y lo tienen que mandar lo más lejos posible. La investigación se apoya en la oscura presunción sobre los planes que puede tener el gobierno local con respecto al destino del controvertido canal, ya recuperado al comenzar el milenio.
Velozmente integrado a la sociedad panameña (las imágenes de Boorman son certeras, persuasivas, coloridas sin «pintoresquismo», y la banda de sonido una suma de aciertos, empezando por la adaptación sinfónica del tema de Víctor Heredia «Todavía cantamos»), el agente entra en contacto con el sastre Harold Pendel, descollante trabajo de Geoffrey Rush, sin duda con el recuerdo de Alec Guinness en el corazón.
Pendel confecciona trajes de elaborado diseño para el pequeño círculo de ingleses en Panamá, vive en el dudoso recuerdo de su sastrería londinense de categoría (su socio, que reaparece fantasmalmente, no es otro que el dramaturgo Harold Pinter), y está casado con la bella Jamie Lee Curtis, una alta empleada del gobierno, con buen acceso a la información, y uno de los escasos personajes confiables de la película.
La artera sociedad de Brosnan y Rush, dura, resistida al principio por el lado del sastre, abundante en humor y en diálogos agudos, articula una trama ingeniosa y repleta de sorpresas. Como en las novelas de Greene, el fraude tiene una categoría ajena a la moral tradicional, lo cual no pesa demasiado en ese mundo en el que ya se hizo carne, hace tiempo, el diagnóstico de Orson Welles en la rueda del parque de «El tercer hombre»: «En 500 años de democracia, ¿qué fue lo que produjeron los suizos? El reloj cucú».
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