12 de diciembre 2003 - 00:00

El cine mundial celebra hoy el centenario de Ozu

Yasujiro Ozu
Yasujiro Ozu
N o se detuvo el mundo por Yasujiro Ozu (1903-1963), ni por su obra, ni cambió tampoco la historia del cine, pero una parte del mundo es mejor gracias a la calma y dolida sabiduría que dejan en el alma sus películas, que algunos relacionan con la filosofía zen, aunque él reprobaba cualquier intento de asociación o teorización sobre eso que simplemente llamaba «historias familiares».

Hoy se cumplen exactamente cien años de su nacimiento, cuarenta de su muerte (nació y murió un 12 de diciembre), y cincuenta de su obra más famosa, «Una historia en Tokio». ¿Cuál era su mérito? Quizás, el de ser un poeta de los sentimientos cotidianos. Y su poesía, esto es lo interesante, se manifestaba con una sencilla media voz. La cámara tranquila, puesta siempre a la altura de un niño o de un hombre sentado en su tatami, mirando silenciosamente a los demás, como queriendo pasar inadvertido, mientras transcurre la vida de la gente. Y eso, la vida misma, transcurriendo ante sus ojos.

«Una historia en Tokio»
, por ejemplo, trata apenas de un matrimonio anciano que visita a sus hijos, y luego sus hijos devuelven la visita, ante la cercana muerte de su madre. Todo sin subrayados, en escenas tranquilas, dejando que el espectador perciba por su cuenta cómo cada uno siente el paso del tiempo, con sus cambios en la sociedad y en la familia. Dejando respirar, como un melancólico aire puro, la nostalgia por la felicidad soñada, o perdida, a veces sin saber que la teníamos, la dulce aceptación de los dolores, el equilibrio del hombre en su existencia.

Pocas películas ofrecen estas cosas. Ninguna como ésta. Se le acercan «Flor de equinoccio», «El fin del otoño», la más emotiva y melodramatica «Hierbas flotantes», con su intriga de un conflicto felizmente resuelto entre padre e hijo, y, un poco más atrás, «¿Dónde están nuestros sueños de juventud?», película todavía muda.

Hijo de un comerciante bien establecido y familiero, Ozu había entrado al negocio del cine como asistente de dirección, siguió debidamente el escalafón, y al llegar a director, en 1927, fue haciendo prácticamente una película por año, 53 en total. La mayoría nos deja esa tranquilidad de espíritu que transmiten las personas realmente maduras.

En un documental memorable, «Tokio-Ga», Wim Wenders busca la mirada de Yasujiro Ozu. Encuentra a uno de sus actores habituales, Chishu Ryu, ya grande, y ve cómo las japonesas le piden autógrafos, pero no por aquellas hermosas películas sino porque está apareciendo en una telenovela. Pero también encuentra al director de fotografía, Yuharu Atsuda, que acompañó a Ozu nada menos que en 45 películas, y que dejó de filmar el día que su maestro murió. El era sus ojos.

Ahora, entrevistado, muestra en el documental cómo trabajaban juntos, cómo era eso de poner la cámara a la altura de los ojos límpidos de un niño, cuenta algunos recuerdos. Y de pronto empieza a llorar. Váyanse, dice, el maestro se ha ido. Y respetuosamente, la cámara se apaga.

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