El Cyrano de Bergerac visto desde su creador

Espectáculos

Le película, que se preestrenó en un tradicional Tour de Cine Francés, se enfoca en el creador del personaje, el dramaturgo Edmond Rostand.

Se estrena mañana, en iTunes y Google, “Cyrano, mon amour”, que no es una nueva versión cinematográfica del “Cyrano” teatral, sino una comedia romántica sobre el modo en que Edmond Rostand escribió su obra más famosa, y el actor Benoit Coquelin estrenó en 1897 casi sin ensayos pero con un éxito impresionante. Cuarenta veces tuvo que salir a saludar después de la función. Detalle a tener en cuenta, el título original de “Cyrano, mon amour” es “Edmond”, “porque todos conocen a Cyrano, pero pocos recuerdan a su autor”, explica Alexis Michalik.

Verdadera antítesis del poeta narigón y dordoñés, Michalik es parisiense, de ojos claros y linda figura. Hijo de un pintor polaco y una madre británica, debutó a los 19 años como el Romeo de “Romeo y Julieta” en el Theátre de Chaillot. A los 20 ya actuaba en teatro, cine y televisión. A los 24 ya era director de teatro, jefe de compañía y autor atendible. Y en eso sigue. Un día escribió “El círculo de ilusionistas”, sobre la amistad de Robert Houdini con Georges Mélies. Otro día empezó a rodar cortometrajes y pensó hacer un largo. Entonces escribió el guión cinematográfico de “Edmond”, un poco a la manera de “Shakespeare apasionado”. Pero como no consiguió el dinero para filmarlo, sencillamente lo convirtió en obra de teatro, tan exitosa que batió records de público y acumuló cinco premios Moliére (dos para Michelik por autor y director, tres para el elenco).

Acto seguido retomó el guión de cine. Consiguió financistas, pero no suficiente crédito como para reconstruir la París de Rostand, esa de la Belle Époque. No importa, se fue a filmar a Praga, que es más barata. Ahí alquiló sin problemas un viejo teatro idéntico al Théatre de la Porte de Saint-Martin donde se estrenó el “Cyrano” en diciembre de 1897, y una escuela entera donde guardar vestuarios conseguidos en España y Austria, y escenografía. En Praga también había calles y carruajes propios del s. XIX, un salón similar al del viejo Moulin Rouge, y otro ideal para las escenas en el burdel “Aux belles poules”, adonde concurrían Chéjov y Stanislavski. Los edificios típicos de París y la multitud que llena las calles y el teatro, son digitales, hechos por gente que venía de trabajar con Terry Gilliam. Lo del teatro era importante, porque Michalik tenía solo 150 figurantes, y había que llenar 1.025 butacas. Según dicen, los amigos de Rostand y Coquelin también tuvieron que ingeniárselas para llenar la sala en la noche de estreno. Pero las demás noches fueron de colgar el cartel de “No hay más localidades”.

El “Cyrano” sigue siendo la obra francesa más representada en el mundo entero (inolvidable, la interpretación de Ernesto Bianco en el San Martín, 1977), acaso también la obra más representativa de cierto espíritu galo, según cree el autor: “A los franceses, más que los ganadores, les gustan las personas que sueñan, que intentan, que luchan, y que en cierta forma van a contramano del pensamiento único”, asegura. El sueño suyo era hacer esta película. Luchó y la hizo. No entró debidamente a los premios César, pero llenó salas en Francia, Inglaterra, donde la bautizaron “Edmond de Bergerac”, y otros países. Acá se presentó en octubre pasado, como broche de oro del Segundo Tour de Cine Francés en la Argentina, llenó la sala y se llenó de aplausos. Todos presenciales, como pasaba en otros tiempos.

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