La llegada de la posmodernidad al cine de género de alguna manera ha significado una caída. Quizá por la banalidad de sus postulados o quizá por el descubrimiento, en los '80, de la efectividad de determinados personajes por sobre las historias o el aprovechamiento de un mercado «poco exigente» como el adolescente. Lo concreto es que las películas «de miedo» han cedido espacio a lo hiperreal y la sutileza ha dado paso a la muestra lisa y llana, con mucha sangre y horror explícito, empobreciendo las propuestas. Pero incluso en ese árido panorama algunas películas logran su cometido, y si bien el terror es efectista y tiene mucho que ver con la ambientación, son eficaces a la hora de crispar los nervios. Ejemplos de ese cine son «Hostel», «Alta tensión» y «El descenso». Sarah, la protagonista, es una mujer que comparte con sus amigas el gusto por la adrenalina y los deportes de riesgo. Al volver de una excursión, su marido y su hija fallecen en un accidente automovilístico. Un año después, y para superar la pérdida, se reúne nuevamente con sus compañeras y deciden explorar un sistema de cuevas que sólo una de ellas sabe que nunca antes ha sido recorrido.
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Obviamente, en este punto comienzan las dificultades, que se incrementan a medida que descubren los secretos del lugar y los que residen en sus propias almas. Apelando a una típica «situación castillo», uno de los paradigmas más antiguos del terror gótico, y al efecto que produce una oscuridad casi permanente, el film logra mantener al espectador en ascuas, esperando el siguiente golpe de efecto y ofrece una resolución abierta, que ni anuncia ni deja de anunciar una posible continuación. Sin descollar, «El descenso», cumple con su misión específica: asustar.
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