29 de mayo 2003 - 00:00
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"Ararat" es una película única, atípica, que no admite una mirada despreocupada o distraída. Debe hacerse esta advertencia con total honestidad: se trata de una obra que exige un compromiso, tal vez excesivo, por parte del espectador. Film-tesis, indudablemente más cercano al debate ético y filosófico que al «espectáculo» convencionalmente entendido, el realizador canadiense-armenio Atom Egoyan, al abordar el tabú histórico del genocidio armenio de 1915, narra a la vez que reflexiona acerca de la imposibilidad de esa representación, tomando así partido en uno de los choques intelectuales más ríspidos de la segunda mitad del Siglo XX.
Egoyan, ante el desafío de ocuparse de un trauma histórico que, a diferencia del Holocausto, ni siquiera fue oficialmente reconocido por el país que lo llevó a cabo, ni hubo juicios, y ni del que existen antecedentes en el cine que a lo largo del tiempo hayan establecido imágenes en la conciencia colectiva (sólo hay registro de un film mudo americano, perdido, de 1919, y la miniserie «Mayrig» francesa, de 1991), renuncia de antemano a la posibilidad de tal representación a través de una demostración. Su prueba es el personaje del cineasta Edward Saroyan (interpretado por un ícono de la cultura armenia, Charles Aznavour), que en la ficción del film está rodando en Canadá una película épica, convencional, llamada justamente «Ararat»: los personajes, la historia, la sangre y el horror no pueden trascender la barrera del clisé. La memoria, el trauma, están en otra parte. Tampoco Saroyan se propone materializarlos; contradiciendo la realidad, ubica un telón pintado con el monte Ararat detrás del lago Van. Cuando le advierten el error geográfico, porque el monte no se alza allí, reconoce haberlo hecho a sabiendas: Ararat es parte de la tradición armenia, no puede estar ausente en su puesta en escena.
• Construcción
La Aduana, en Egoyan, es un borde mucho más que político: es una frontera moral, un límite entre lo dicho y no dicho, entre lo ignorado y lo negado a conciencia. De esa manera, en la escena inicial de la película, es el propio Aznavour el que se detiene ante ese mismo oficial, que no le deja entrar al Canadá una granada (la fruta, por supuesto, un símbolo de la tradición armenia). Aznavour la come en su presencia, sin ingresarla al territorio donde va a filmar su película, emotiva y falsa.
La complejidad conceptual de «Ararat» impide extenderse más en el marco de una crónica: queda de lado el episodio de Gorky y el autorretrato junto a su madre, con las manos borradas (en paralelo con la historia de Raffi), el de su noviahermanastra, o el de Ali, el actor turco que hace el papel del oficial verdugo en el film de Aznavour, quien cita como al pasar un párrafo de «Mein Kempf» en un diálogo con Raffi: «¿Sabes cómo convenció Hitler a sus oficiales para hacer lo que hicieron? Simplemente les dijo: ¿quién se acuerda hoy del genocidio armenio?».



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