6 de septiembre 2001 - 00:00

El intento es elogiable, pero el show todavía no

Ya es elogiable que una actriz con propuestas de trabajo en televisión y en teatro como Virginia Innocenti prefiera dejar todo por su proyecto como cantante. Más todavía en tiempos tan difíciles. La segunda audacia está en que armó su espectáculo con canciones cuyas letras le pertenecen en su mayoría (sobre músicas de Popi Spatocco, I.L.Gómez o Claudia Levy). En general, los artistas llegan a esta instancia de mostrar sus propias cosas cuando ya han pagado con creces el derecho de piso. Y también merece elogios que se haya tomado la tarea muy en serio.

Innocenti estudió canto y se nota, trabajó cada tema con cuidado, eligió buenos músicos para que la acompañaran y salió al ruedo sólo después de haber madurado bien su propuesta. Pero, más allá de todos estos reconocimientos previos, los resultados no son todavía del todo alentadores. La nueva cantante no ha podido -ni querido, seguramente-sacarse el disfraz de actriz. Hace su recital de canciones como si fuera un espectáculo teatral, jugando persona-jes que van de la mujer fatal a la despechada, de la conmovida a la enojada, de la sexy a la ingenua; y explota ante el público masculino las bondades de su cuerpo.

Pero a pesar de que las letras -las cantadas y las recitadas, que también hay un par-son creaciones suyas, dejan ver muy poco de ella. Y además, el exceso de preocupación por la puesta, muy cuidada como todo lo demás, le ha quitado frescura a un espectáculo que tiene muy poco que ver con un recital. Tampoco ha logrado, todavía, mostrarse como una autora interesante, así que lo mejor llega con temas ajenos: «Vete de mí» de los hermanos Expósito, «Biromes y servilletas» de Leo Maslíah, «Santa Lucía» de Francesco de Gregori, «Canción de amor para marea y tambor» de Alberto Muñoz o «Uno» de Mores y Discépolo.

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