“En los locos años ´90 del sushi con champagne, los artistas concentrados en Ave Porko, el Rojas, el Parakultural o Cemento buscaban una expresión disonante respecto al consumo mainstream de aquel entonces. El teatro de revista estaba en auge y un tipo de humor al estilo de Olmedo y Porcel convivían con un circuito under que buscaba formas de expresión delirantes y una reflexión sobre la manera de ver el mundo”, dice Malena Miramontes Boim, directora de una nueva versión de “La moribunda”.
El legado de Tortonese, Urdapilleta y Batato vuelve a tomar la escena: "La moribunda", o el arte como transformador de identidades
Se presenta una nueva versión de “La moribunda”, la obra de Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese que se estrenó originalmente en la mítica sala El Morocco. Debuta el jueves en en Itaca Complejo Teatral con actuaciones de Darío Serantes y Juan Rutkus. Dirige Malena Miramontes Boim.
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Darío Serantes y Juan Rutkus en "La moribunda".
La obra de Alejandro Urdapilleta y Humberto Tortonese se estrenó originalmente en la mítica sala El Morocco del circuito teatral independiente hacia fines de 1997 en homenaje de la dupla actoral al gran Batato Barea. Esta versión debuta el jueves a las 20.30 en en Itaca Complejo Teatral (Humahuaca 4027). Cuenta con actuaciones de Darío Serantes y Juan Rutkus. Conversamos con la directora.
Periodista: ¿Qué significó La moribunda en los años 90 del sushi con champagne? ¿Qué impronta tenía, qué aire de época y cuál es el actual?
Malena Miramontes Boim: Fue, al igual que el trabajo de tantos artistas concentrados en centros culturales como Ave Porko, el Rojas, el Parakultural, Cemento, una expresión disonante respecto al consumo mainstream de aquel entonces. La “pizza con champagne” característica del momento, en un contexto menemista, con odaliscas y “un proyecto de naves espaciales en la estratósfera”, era acompañado en el mundo del espectáculo por un teatro de revista en auge y un tipo de humor al estilo de Olmedo y Porcel. Mientras eso resonaba en el ámbito más popular, en el circuito under se cocinaban formas de expresión mucho más improvisadas y por momentos delirantes. Eso en cuanto a forma. En cuanto a contenido, el teatro under podía mostrar y reflexionar a través de la metáfora o la analogía sobre una manera de ver el mundo o el estado actual de la época en torno a la política. El vehículo para esto muchas veces era el humor, utilizando recursos escénicos más disonantes como las formas adoptadas por el Periférico de Objetos. Entonces los artistas del circuito under realmente le hacían justicia al concepto “under”. Lo que está por debajo. Pero no por debajo desde un lugar peyorativo sino, por el contrario, por debajo de la capa superficial que mostraba el espectáculo y la política de esos años.
P.: ¿Por qué hacerla, cuál es su vigencia?
M.M.: Son varias las aristas de La Moribunda que conectan con temáticas muy actuales, no sólo pensando en el aspecto sociocultural de nuestro país, sino también a nivel mundial. Cada vez más deshumanizados a raíz del avance tecnológico virtual, la necesidad de encuentro con otros está puesta en cuestión. El límite entre la realidad y la ficción virtual muchas veces se desdibuja y el universo de las redes arrasa con la psiquis de muchos. A esto se le suma las notorias secuelas de la pandemia que mostró las consecuencias claras de la falta de contacto entre las personas. La Moribunda sucede en una circunstancia poco clara pero en la que sabemos que sus protagonistas están atravesando una situación de guerra, pandemia o similar, que no permite a las hermanas salir del lugar donde están encerradas sin correr peligro. Por otro lado, volvemos a escuchar actualmente mensajes de odio sobre las minorías o los colectivos identificados con la idea de diversidad. Cuando La Moribunda se estrenó en los 90s, era un momento para la cultura argentina donde recién se comenzaban a ver en medios de comunicación popularmente reconocidos a hombres interpretando personajes femeninos. Otro aspecto de la obra que tiene resonancia hoy es el recurso del humor como manera de denuncia. La risa se vuelve una forma de resistencia ante las adversidades propuestas por un contexto adverso y opresivo.
P.: La obra habla de un mundo devastador afuera pero adentro no viven una panacea, ¿cómo es ese contraste y, de nuevo, ese afuera? ¿Cómo lo podemos asimilar al mundo actual tanto en Argentina como a nivel global?
Darío Serantes: Para las hermanas Kara y Karen el afuera es una amenaza permanente. El texto nos cuenta acerca de una guerra que se despliega en el exterior y que las obliga a aislarse en su bunker. Ya ningún lugar es seguro, afuera hay muerte y adentro, también. La salvación es burlarse de ese destino fatal. El adentro crece con sus juegos, con los recuerdos que las sostienen, una algarabía desesperada, desfachatada. En su estreno, allá por los intensos 90, podemos considerar a La Moribunda como una doliente y esperpéntica despedida a una hermana amada, Kiri. Una hermana que está por partir, rompiendo así este trío extremo conformado por Urdapilleta, Tortonese y Batato Barea.En esos años la guerra era una metáfora del sida, la peste nos rondaba, nos encerraba, nos crecía la sospecha, el miedo. Hoy la Moribunda sigue su agonía, en un mundo cada vez más hostil, poco solidario y Kara y Karen, en su disloque, intentado esquivar la muerte.
P.: El tema central es el dolor, pero abordado con humor negro y grotesco, también está la opresión tan propia de Pinter o Beckett, ¿qué podés decir?
M.M.: En La Moribunda, la muerte y la risa bailan una danza. El código grotesco está presente en todos los lenguajes que se entrecruzan en la puesta: las actuaciones desopilantes de Darío Serantes y Juan Rutkus no permiten salir del teatro sin estar una hora a pura carcajada y también con lágrimas en los ojos por la sensibilidad y ternura que despierta la poética de la propuesta del texto. Eso es La Moribunda: la contradicción misma entre la tragedia y la comedia en la vida cotidiana de todos; o más bien, la comedia como manera para transitar lo trágico de las circunstancias inherentes al ser humano. Ese es el corazón del proyecto y mi propuesta fundamental desde la dirección. Hay una propuesta de código de actuación durante la teatralización que se desarrolla en las escenas de ficción - cuando las hermanas inventan estar en una playa en San Bernardo o le arman una fiesta de cumpleaños a su hermana moribunda con invitados como Coco Channel y Marguerite Yourcenar-. Y en una segunda instancia, otro código de actuación que se propone durante las escenas más crudas de verdad-realidad en el que Kara sale al exterior con miedo e incertidumbre a buscar comida, etc. Quise resaltar, desde la puesta, esta estructura dramática sugerida como en “picos”: cada vez que la fantasía de las hermanas está en alza, hay un factor de la realidad que “las baja a tierra”.
P.: Lo kitsch o estética queer eran toda una novedad en tiempos de Tortonese y Urdapilleta encarnando a estas dos mujeres, ¿cómo lo ves hoy en tu puesta?
M.M.: Cuando La Moribunda se estrenó en los 90s, era un momento para la cultura argentina donde recién se comenzaban a ver en medios de comunicación popularmente reconocidos a hombres interpretando personajes femeninos. Estos son el caso de Gasalla, Tortonese, Urdapilleta y que tiene un antecedente definitivo en personalidades como Batato Barea. La fluidez identitaria del queer está presente en la teatralidad que muestran las hermanas Kara y Karen en su realidad cotidiana. Con una estética camp, La Moribunda celebra lo “kitch” y esta identificación queer. Podríamos decir que aún con todos los avances hechos respecto de la defensa y equidad de los derechos de las personas con identificación sexual disidente, esta obra sigue siendo un gesto de expresión de lo posible.
P.: ¿Cuáles son hoy estos espacios de revolución de la escena teatral y artística?
D.S.: El teatro continúa siendo un espacio de transformación, y el hacer teatro independiente tiene un plus revolucionario en estos tiempos donde sostener espacios teatrales se convierte en una utopía, donde llevar adelante un proceso creativo sin percibir un ingreso económico se hace cada vez más complejo. Pero hoy, tal vez, la verdadera revolución es defender nuestras identidades, cuando crecen los discursos condenatorios, la violencia hacia otras orientaciones sexuales que no son las normativas, el maltrato, la intolerancia, las fobias a la cultura queer, el salir a escena como Kara y como Karen se convierte en una sublevación, en un acto de defensa contra la discriminación, levantar las banderas del orgullo.
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