3 de mayo 2001 - 00:00
El radioteatro, un género que no cesa
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Los oyentes que se reunían alrededor de «la capillita» a oír historias se convirtieron en televidentes que optaron por las mismas historias, ilustradas por la imagen. Migré recuerda la decadencia del radioteatro: «Sólo un loco pudo haberlo sacado de la radio cuando salió la televisión y los auspiciantes optaron por la pantalla chica. Se dijo: 'No más orquestas estables, ni elencos estables, ni radioteatros porque con un locutor que pase los avisos y anuncie los discos se arma una radio'».
Fue el fin del radioteatro y el advenimiento de los magazines musicales y humorísticos que dieron paso a los programas radiales que se conocen en la actualidad. En este contexto es donde intenta reflotar la ficción «Permiso para imaginar», que se emitirá todos los sábados de 20.30 a 22.30. En el primer capítulo trabajan 25 actores, las historias serán unitarias y abarcarán todos los géneros: drama, comedia, biografía. Si por algo se caracterizaban los radioteatros, así como el resto de los programas radiales en el pasado, era su emisión en vivo.
Sin embargo, Migré optó por los beneficios que ofrece la edición del material y explica las razones: «Una vez, una gran diva de radioteatro estaba jugando mientras leía y se empezó a enredar con el cable hasta que se cayó. Hubo que poner una música muy larga y ella cuando la quisieron levantar dijo: 'Qué pasa, nunca vieron una mujer en el suelo, de qué se alarman'. El problema era que todo eso ocurría en vivo, que era lo habitual. Hoy en día, si podemos cuidar los detalles, optamos por grabar porque un vivo siempre somete al riesgo de una equivocación, un furcio, un disco que no entró a tiempo o un cable que se engancha».
Reinvención
En su época de esplendor, el radioteatro tenía más protagonismo que las tiras televisivas actuales. Se caracterizaban por su fuerte carga de dramatismo expresada en las voces de los actores y por la buena ambientación sonora que se crea en torno al relato pautado en el guión. «Si yo tengo que hacer hoy una voz a través del teléfono en esta radio, es toda una conexión que hay que reinventar. Como el radioteatro no se hizo más, nosotros hemos hecho puertas, ventanas, escaleras, es decir, los sonidos de sala, para recrear algo que no estaba más en las radios. El único edificio realmente potente es el de Maipú 555, actualmente 'Radio Nacional', porque se pensó para radio», apunta Migré, que ha convocado a actores de la talla de Norma Aleandro, Guillermo Bredeston y Nora Cárpena, entre otros, para que integren su programa y se enorgullece de no haber encontrado a uno que se negara a participar. En el primer capítulo participa Claudio García Satur con relatos de Quique Pesoa y la pre sentación de Nora Perlé y Pascual Menuti.
Migré reiteró en varias oportunidades que «daría cualquier cosa con tal de hacer radioteatro, más que una telenovela» y logró su cometido. Cuando se le consulta a qué responde su preferencia por la radio sobre la televisión, sentencia: «Creo que esta televisión no es para mí. Me parece que no se hacen cosas de buen gusto, es como si para demostrar que soy muy natural me metiera el dedo en la nariz. No me gusta cómo se ha depredado el lenguaje, cómo se lo ha ofendido, todo es 'Andate al carajo', 'Che boludo'. La televisión es un espejo donde los niños escuchan 50 veces 'boludo', y no me digan que se le da un sentido cariñoso a esa palabra».
El poder de imaginarlo todo con sólo oír voces, música y silencios se fue perdiendo. Sin embargo, la cualidad de la radio como un medio para crear, como define Arnheim, «un mundo acústico de la realidad» convivió con el resto de los inventos mediáticos y siguió desafiando a los oyentes a valorar la palabra en su estado más puro.
Así lo resume Migré: «Tiene que estar la oreja de la gente muy atenta, porque si el público no aprende a escuchar, no hay radioteatro que sea exitoso. Es bueno que la gente vuelva a escuchar, que nos escuchemos. Eso es lo grave que le pasa a la televisión: que vemos y no escuchamos o que escuchamos y no vemos. Así no es más que un espectáculo incompleto».




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