25 de enero 2001 - 00:00
"En cine uno tiene prohibido cansarse"
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Riccardo Cucciolla y Gian María Volonté.
Periodista: Ahí trabajaba el franco-argentino Georges Rigaud.
G.M.: ¡Qué hermosa persona! Y también trabajaba Klaus Kinski, un loco. El primer día, jugando, le quebró el dedo al camarógrafo. Pero era buen actor. Para mi suerte, siempre trabajé con gente extraordinariamente brava, inteligente, profesional: la mítica Janet Leigh; todo el clan Cassavetes (también él un tipo difícil, pero un actor maravilloso); Burt Lancaster, gran amigo; Ru-pert Everett; Phillipe Noiret, admirable; Nicolas Cage; Anne Bancroft; el gran John Gielgud... Pero el mejor, lo digo claramente, fue Gian Maria Volonté. Hice dos películas con él, «Sacco y Vanzetti» y «Giordano Bruno», y hubiera hecho 50.
P.: Cuénteme de la miniserie «Marco Polo».
G.M.: Hoy no tendría fuerza física para hacerla. Más que un director de cine, ahí fui el coman-dante de un ejército, reconstruyendo San Marcos, batallas, atendiendo la escenografía, los vestuarios y las monturas de genoveses, venecianos, cruzados, persas, mongoles, chinos, en fin, siempre con artesanos y especialistas de toda clase, filmando en Italia, Marruecos, el Irán del ayatollah Kohmeini, Pamir, Mongolia, norte y sur de China, la Ciudad Prohibida (fuimos los primeros autorizados en filmar allí una película de ficción), y haciendo luego la posproducción en Norteamérica...
Fue un año de viajes previos y discusiones y tres años de trabajo, llenos de imprevistos: guerras, revoluciones, inundaciones. Un barco iba desde Ancona hasta Pekín con grupos electrógenos, cocinas portátiles, etcétera, para llevarlos luego por tierra hasta Mongolia. Pero no hay caminos. Los borraron las aguas. Cuando llegan, están destrozados. Debe venir el service desde Italia. Y en todo ese gran quilombo, un jefe de utilería que se niega a usar traductor.
¡De veras! A todos los chinos que venían a trabajar les decía «Chang». «Ascoltami Chang Uno, ti ho deto un chiavo de due pulgate e mi hai portato due chiavi di una, la prossima mi devi capire o ti ammazzo, anche per te, Chang Due», les decía jugando con los dedos y el puño. ¡Y es increíble, pero a la semana todos le entendían! La magia del cine! Una consecuencia divertida es que por «Marco Polo» me hice director de ópera.
P.: ¿Cómo es eso?
G.M.: Cuando salí de allí, conocía todo sobre la China, aunque no comprendía nada, porque aquél es un gran misterio de cien mundos diversos. Pero alguien consideró que yo podría hacer una «Turandot» como se debe, sin mezclar utilería japonesa o cosas por el estilo. Tuve suerte, la eligieron como la mejor opera del año. A partir de allí, hice como veinte: «La flauta mágica», «Nabucco», «Fausto», «La bohème»...
Una vez puse «Tosca» en el estadio olímpico de Roma, con un suceso extraordinario, porque la gente podía pagar una entrada baratísima, apenas diez dólares. Y era un verdadero público popular, con el melodrama en el corazón. Al final, cuando Tosca toma el cuchillo y mata a aquel desgraciado, el estadio entero estalló en una ovación, como si fuera un gol. ¡15.000 personas de pie! ¡Qué magnífico! ¡Qué gran emoción! Eso estuvo entre lo mejor de mi vida.
P.: ¿Y ahora qué está haciendo?
G.M.: Hace poco hice un documental, «Le stagioni dell'aquila», sobre el viejo Instituto Luce (70 años de cine). Y, en este momento, estoy empeñado en restaurar varias películas, no sólo las mías, participo en una entidad que trata de ayudar a los jóvenes valores (uno recuerda sus viejas discusiones con los productores) y enseño en la universidad. Mejor dicho, no enseño nada, simplemente relato mis experiencias.
No les cuento teorías. Les transmito lo que he vivido: 50 años de ilusiones, desilusiones, amarguras, esperanzas. Este es un trabajo extraño, en el cual está prohibido cansarse. Siempre hay que empezar de nuevo, aunque ya tenga 70 años.




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