10 de mayo 2006 - 00:00

"En la ópera siempre se trabaja sobre la hora"

Eric Vigié, régisseur francés, discípulo de MargaritaWallmann, presenta desde ayer en el Colón«I vespri siciliani» de Verdi.
Eric Vigié, régisseur francés, discípulo de Margarita Wallmann, presenta desde ayer en el Colón «I vespri siciliani» de Verdi.
Para el régisseur francés Eric Vigié, el círculo iniciado algunas décadas atrás al lado de Margarita Wallmann, tan íntimamente ligada al Teatro Colón, se cierra ahora con su presencia en Buenos Aires para la puesta de una nueva producción de «I vespri siciliani», ópera que Verdi destinó a la Opera de París, inscripta en el estilo de la «grand opéra», y que constituye el segundo título de la temporada actual con cinco funciones desde ayer hasta el jueves 18.

Nacido en Toulouse en 1962, Vigié estudió en Niza y en los Estados Unidos. En el Instituto Curtis de Filadelfia fue discípulo de Pat Halmen y Boris Goldovsky para pasar luego a trabajar como asistente del compositor Gian Carlo Menotti en el Festival de Spoleto. Desde los 20 a los 31 años se desempeñó como asistente de grandes artistas como la citada Wallmann, Pier Luigi Pizzi, Jorge Lavelli y Nicolás Joël. Dialogamos con él:

Periodista: ¿Es difícil hacer hoy «grand opéra»?

Eric Vigié.: «I vespri» juntoa «Don Carlo», es una de las óperas más largas y complejas de todo el teatro de Verdi. El coro es muy protagonista del la ópera y hemos trabajado muy bien con él, aunque teniendo muy poco tiempo de ensayos.

P.: ¿Y todos los demás elementos que entran a jugar en la grand opéra los encontró con facilidad en el Teatro Colón?

E.V.: Sí. Ayuda el escenario enorme, porque la escenografía es muy importante para lograr la espectacularidad de las acciones. Jugamos con el escenario giratorio para cambiar la cara de la escenografía; lo mismo con el ballet. Es decir, hay un conglomerado de elementos que funcionan eficazmente y todo esto se ha dado sin un escándalo, sin ninguna pelea, como se estila en otras ocasiones cuando tanta gente participa de un espectáculo de estas dimensiones.

P.: ¿Qué encontró de bueno y qué de malo en toda esta enorme organización que es el Teatro Colón?

E.V.: Sin demagogia tengo que decir que desde hace seis meses con Enrique Bordolini (escenógrafo e iluminador) trabajamos y preparamos todo muy bien. Si tuviera que hablar de aspectos negativos yo diría que algo más de tiempo de ensayos habría beneficidado. Pero esto también ocurre en la Opera de Viena, por ejemplo, donde siempre se llega sobre la hora. En todos los teatros que tienen compartido el escenario con conciertos, ballet y ópera, siempre llegamos a último momento. Sólo los teatros de repertorio ofrecen calidad de ensayos finales, donde toda la producción está terminada un mes antes. Cuando hay complejidad técnica y artísticacomo en este caso, y poco tiempo, nos valemos de la buena voluntad. Hay colegas que no poseen la flexibilidad necesaria para diseñar un trabajo de muchas facetas sin roces. Pero los que tenemos un «background» como yo, que comencé hace veinticinco años, sí la tenemos. Hay muchos registas que no son profesionalesy ahí es donde se generan los conflictos, consecuencia quizás de la falta de seguridad acerca de lo que se pretende.

P.: ¿Qué recuerdos guarda de Margarita Wallmann, una artista que fue muy importante en el Colón?

E.V.: Yo fui su último asistente y aprendí mucho de ella. Cuando murió, yo fui el único hombre de su entorno y me ocupé de muchos de sus asuntos testamentarios. Con ella, que éramos vecinos en Niza, aprendí mucho sobre el Colón. Me decía que debía aprender el español, y yo le contestaba que no había óperas en español... Luego lo tuve que aprender en apenas cuatro meses cuando fui llamado a Madrid, para ser coordinador artístico del Teatro Real. Estar hoy en el Colón cierra un ciclo que abrí con Margarita.

P.: Si usted fuera director artístico de un gran teatro ¿a quién no dejaría de llamar como régisseur para su temporada lírica?

E.V.: Habría que llamar a Marco Arturo Marelli, un suizo-italiano, que es una «star» en Europa. En el pequeño teatro que dirijo en Laussanne, donde no tenemos mucho dinero, pero hago un gran esfuerzo por traer los más grandes directores de escena al público, procuro contar siempre con él. Marelli, que es escenógrafo y regisseur, es una verdadera star en la Opera de Viena y hace las más bellas producciones en el mundo. Es latino y no tiene intelectualismos falsos, sino un verdadero sentido estético de la escena. Hay que descubrirlo.

P.: ¿Esta producción fue pensada para el Colón?

E.V.: Sí, fue pensada para el Teatro Colón y tiene algunos elementos que hemos resaltadocon respecto a las luchasgaribaldianas. que tanto tuvieron que ver con la creatividad de Verdi. Hemos tratado de evitar un concepto «kitsch» que a veces se tiene de la ópera histórica de Verdi. Tiene que ver con la liberación de Sicilia y hemos seguido en ese sentido una línea garibaldiana, un poco a la manera del Visconti en «El Gatopardo». Hay un intención más política, más moderna de lo que debe ser el espectáculo operístico.

P.: ¿El régisseur es la estrella del espectáculo operístico?

E.V.: Puede ser una estrella cuando demostró durante años -como Wallmann- cómo poner una ópera en escena, y saber que han contribuido fundamentalmente a la renovación de la historia de la ópera. Pero la estrella del espectáculo lírico es el cantante, que cumple con el trabajo más arriesgado, enfrentando al público. El director de orquesta y el régisseur son solamente acompañantes de la labor del cantante. Los cantantes son las verdaderas estrellas de la ópera.

Entrevista de Eduardo Giorello

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