18 de enero 2001 - 00:00

Entretiene disparatada visión del Imperio Inca

Las locuras del emperador.
"Las locuras del emperador".
«Las locuras del emperador» («The Emperor's New Groove», EE.UU., 2001, habl. en inglés o dobl. al español.) Dir.: M. Dindal. Guión: Ch. Williams & M. Dindal y D. Reynolds. Dibujos animados.


Pareciera que la empresa Disney trabaja con la ventana abierta. Así como antes compitieron «Antz» y «Bichos», ahora, con pocos meses de diferencia, salieron dos dibujos inspirados en culturas precolombinas: «El Dorado», de DreamWorks, y el que ahora nos ocupa. Además, en ambos casos, se trataba de refritos de famosos textos originales de otras tierras: respectivamente, «El hombre que sería rey», de Rudyard Kipling, y «Príncipe y mendigo», de Mark Twain.

En efecto, en este caso la idea inicial fue trasladar «Príncipe y mendigo» al Imperio Inca. El heredero al trono encuentra a un campesino físicamente igual a él, y ambos intercambian sus roles. La novedad estaba en los malos de la película: una vieja hechicera que los ha espiado, y el mismísimo diablo, el Zupay, contra quien debe luchar el joven campesino, Pacha (como la Pacha Mama, madre tierra).

Pero después de estar tres años dando vueltas con el proyecto, parece que los creativos de la empresa se aburrieron y empezaron a tomarse la historia en solfa, y, cambio va, cambio viene, les salió algo bastante distinto, pero más suelto, más original, aunque -por razones de tiempo- técnicamente parezca una suma de refritos.

El príncipe ahora es un mandamás adolescente y malcriado. La hechicera, una vieja que se cree linda, con pestañas que parecen patas de araña, tiene a su servicio un muchacho musculoso de esos que algunas viejas tienen, sólo que en este caso el muchacho más bien luce su corazón. Y el campesino, el verdadero héroe de la película, es un fuerte y sencillo padre de familia (cuando dice, con manso orgullo, «Mi familia lleva seis generaciones viviendo en esa colina», su expresión recuerda la de Robert Mitchum en algún western perdido).

Otro personaje señalable es la esposa del campesino. Por primera vez, la Disney dibuja una mujer manifiestamente embarazada. Claro que le adjudica un carácter más bien propio de mujer norteamericana actual, «políticamente correcta»... Y eso no es nada.

¡Hay que ver cómo es el interior de su casa! Por eso, así como los mexicanos protestaron contra la versión hollywoodense de los aztecas en «El Dorado», se comprende que los peruanos protesten contra esta versión de su Imperio Inca, pintado con total imaginación y liviandad. Algunas cosas se comparten.

Por ejemplo, si en «El rey león» supieron poner música de sones africanos, es lamentable que la música de «Las locuras...» ignore totalmente los sones andinos. En cambio, ¿es para tomar en serio, por ejemplo, la escena en que los protagonistas paran en una fonda tipo mexicana, cuya cantinera los sirve al alegre grito de «¡Mazel Tov!»?

Esta película es sólo un entusiasta disparate, hecho con histórica permisividad, y con la sola intención de darle a su joven público algo de entretenimiento, y una buena moraleja. Cumple esas intenciones. No da para más.

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