C oincidentemente con la inauguración en el Centro Cultural Recoleta de la muestra antológica de Jorge Diciervo (Chivilcoy, 1947), se presentó el libro que reúne diversos aspectos de la obra plástica de este artista autodidacta que comenzó a dibujar a los 12 años. En el texto introductorio «Diciervo y el azar regulado», el ensayista, poeta y crítico de arte Guillermo Whitelow, hace un profundo análisis de sus dibujos, collages, pinturas y esculturas que revelan «la extraña coherencia nacida de una intuición primordial: el mundo como juego, con lo que implica de diversión, de azar y de riesgo».
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En ocasión de una de sus muestras propusimos al lector-contemplador que al mirar las obras de Diciervo entrecerrara los ojos para comprobar que cada una de las formas, entre ellas, esferas, pirámides, conos que pueblan sus cuadros horizontalmente, tiene vida propia. Formas que se comunican entre sí, se apoyan en un punto, se aglomeran frontalmente, a veces se independizan, siempre en perfecto equilibrio, nunca estáticas a causa de la luminosidad que proviene de ellas.
Un verdadero maestro del claroscuro, el artista encontró a mediados de los '80 un soporte ideal, la lona desechada proveniente de camiones de transporte. Con sus manchas, roturas, hilachas, costuras, la inscripción «Pampero» en el orillo, Diciervo que comienza entonces a utilizar el acrílico, las jerarquiza al plantar en ellas su repertorio geométrico pleno de secuencias inesperadas en una atmósfera de carácter tenebroso. Hacia los '90, la luz irrumpe y es imposible no pensar en Zurbarán, pero el blanco, nunca en exceso, aparece entre sombras, chorreados, intensos rojos, ocres, azules equilibradamente dosificados.
En la exposición actual, que abarca casi treinta años, Diciervo muestra obras inéditas, en su mayoría, colección del artista. Entre ellas, acuarelas pertenecientes a la serie realizada para el Salón Chandon en el que ganó el Primer Premio en 1993. Es notable su incursión en el género del collage que en varios casos remiten a Man Ray, uno de sus artistas admirados. Recorta figuras de «Ilustración Artística», libro de fines de 1800, pero que una vuelta de tuerca de connotaciones surrealistas las vuelve inquietantes.
Pero es necesario hacer hincapié en el rico panorama de su dibujo, disciplina con la que se presentó públicamente a principios de los '70. Muchas veces Diciervo ha manifestado su admiración por Roberto Aizenberg, señalando una exposición precisamente de dibujos en Galería Rubbers en 1970 del excepcional artista como factor desencadenante de su evolución artística.
Tinta, lápiz, lápiz-color, gofrado, utilizados con gran rigurosidad, lirismo, imaginación, por ejemplo, «Corriendo Despacio» (1981), «Mujer Dotada» o «Personaje Introvertida», ambos de 1977. Son admirables los «Personajes» realizados durante su permanencia en Roma en 1984, rostros y figuras, esquematizados, líneas circunvalatorias, como alambres que se entrecruzan, de gran refinamiento. «El dibujo es para mí el medio con el que transmito las ideas; más que realizar un cuadro, lo que intento es pensar. Soy un investigador de mis trabajos», señaló en 1983. Dinamismo es el adjetivo para su serie de piernas que corren, se entrelazan o las cintas plegables devenidas seres humanos o los seres humanos que implosionan. Pero en todos los dibujos, más allá de la destreza, están la fantasía y el toque de humor que los preside.
En 2000 realiza una exposición en Palatina bajo el título de «Metamorfosis». Sus formas geométricas que parecían evadirse del plano encontraron su ubicación en el espacio, del dibujo original pasaron a la pintura, al objeto y después al volumen con su conocido virtuosismo. Diciervo abre una ventana por la cual se ingresa al mundo de un artista al que le creemos cuando dice: «uno ama lo que crea».
Es excelente el libro cuyo diseño gráfico e impresión estuvieron a cargo de Estudio Lo Bianco y Corín Luna respectivamente, fotografía de obras de Alejandro Cherniavsky. La exposición clausura el 19 de octubre.
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