17 de septiembre 2004 - 00:00

Exaltación del color en la obra de Gargano

En una sociedad en la que reina un vacío total de significación, hay artistas que se resisten a la obligación de «adaptarse» a nuevas formas de representación impuestas por una estética actualísima que ensalza la desaparición del arte «estético».

En estos momentos visitamos un aluvión de muestras en las que se puede corroborar esta actitud «rebelde»-si cabe el término-de artistas de diferentes generaciones que no niegan su pasión por pintar: Josefina Robirosa ( Rubbers), Fernando Maza y Daniel Vidal ( Loreto Arena), Gerardo Ramos Gucemas (Museo Sívori), Jorge Abot (Palatina), Juan C. Lasser (Balcarce-Espacio de Arte), «Mirada sobre los 70» (Castagnino-Roldán) que no acusa envejecimiento, Alejandro Bonzo, Carlos Gómez Centurión y Germán Gargano (Centro Cultural Recoleta).

Gargano
(1953), estudió con Gorriarena y Noé y desde 1983 participa en exposiciones colectivas e individuales en nuestro país y en el exterior. Fue precisamente en Nueva York, en la Galería CDS donde expone asiduamente, que vimos su obra por primera vez, en 1991, cuando ganó la beca de la Fundación Pollock-Krasner. Su actual exposición «Figuras y Fantasmas» es una exaltación del color, siempre lo es, en una emocional combinación de abstracción y figuración que no da tregua a la mirada. Esta pasea por toda la superficie en búsqueda de un elemento disparador, pero es en vano.

Hay figuras esbozadas y embozadas en una pincelada riquísima, arrolladora pero no caótica. Quizás los fantasmas a los que alude el título sean los de aquellos pintores admirados por el artista y que vagan por los cuadros, porque ¿cómo evitar pensar en Van Gogh, Bacon, los «fauves», cuando se está frente a obras como «Noche Iluminada», «Exhalación» o «Pradera Incendiada»?.

Obra por momentos avasallante, paisajes no sujetos a su convención, pinceladas que se esfuman, u otras, como ya lo señalamos, cargadas de materia, rápidas, una disolución de las formas. En algunos casos, hay espacios deliberadamente vacíos y en otros como en «Mientras habla el río», hay una tropicalidad densa, exuberante, pero todo conlleva un carácter de urgencia que acentúa su dramatismo.

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