El norteamericano Stephen Gunzenhauser, director invitado para este concierto, arrancó encarando con tal velocidad (y peligro de estrellarse) la obertura de la comedia musical «Candide» de Leonard Bernstein que inmediatamente estableció con los músicos y los oyentes una corriente eléctrica que se desactivó recién al finalizar la velada, con una ovación de pie. Recién ahí sacó los dedos del enchufe. Hasta el mismo Bernstein se hubiera sorprendido al escuchar su obra con ese dinamismo. Muy bien nuestros músicos que pudieron seguirlo.
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El Concierto en Re Menor Op. 47 del compositor finlandés Jan Sibelius obligó a mesurar la batuta. Esta que es una de las más bellas y difíciles creaciones del repertorio fue también una buena ocasión para el reencuentro con el violinista argentino Alejandro Rutkauskas, radicado en Europa desde hace algunos años. Tiene una notable autoridad interpretativa e infinidad de recursos técnicos; aborda los más difíciles pasajes con aparente facilidad, no exenta de musicalidad y buen gusto.
Emoción
La última obra del programa es un verdadero monumento sonoro, de emocionante grandiosidad. Se trata de la Sinfonía N° 3 en Do Menor Op. 78 del compositor francés Camile Saint Säens, que utiliza toda la orquesta romántica más piano y órgano y tuvo en este último instrumento a Adelma Gómez, de presencia ineludible y gran defen-sora del «rey de los instrumentos» en una interpretación soberbia. Los sinfónicos y Gunzenhauser lograron el delicado equilibrio que la obra impone, sin eludir su grandilocuencia y su inmensa como contagiosa fuerza expresiva. Inolvidable.
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