21 de octubre 2002 - 00:00

Excelentes actrices animan inquietante pieza de Leyes

Pampa, boceto de un acto imposible
"Pampa, boceto de un acto imposible"
«Pampa, boceto de un acto imposible» de J. Leyes. Dir.: R. Castro. Int.: V. Piaggio y M. Richaudeau. (Sala «Portón de Sánchez»)

Gracias a varias obras de peso, el dramaturgo Jorge Leyes ocupó un lugar muy destacado dentro de la escena local, antes de dedicarse a escribir guiones de cine y televisión para Polka (una pérdida lamentada en el ambiente teatral). Entre ellas figuran «Bar Ada», «Tenesy» (ambas dirigidas por Daniel Marcove en el Teatro San Martín y en el Teatro Nacional Cervantes, respectivamente) y «Ruta 14», estrenada por Roberto Castro en un sótano de la Escuela Nacional de Arte Dramático.

Cuatro años después, y a instancias de este mismo director, Leyes vuelve a la escena porteña con un trabajo construido en base a dos curiosos personajes que ya habían hecho su aparición en aquella obra. Allí, un grupo de adolescentes entrerrianos prendía fuego a su pueblo y también al cementerio del lugar, cita de encuentro de una extraña pareja integrada por Piriápolis, un ventrilocuo fracasado y su perversa muñeca Florianópolis.

Desprendidos de su contexto original, ambos regresan ahora a repetir su antiguo pacto de muerte. La puesta de Castro recrea un paisaje desolado, apenas transgredido por la presencia de un carromato desvencijado que, a lo largo de la obra, se transformará en un original y pintoresco dispositivo escénico, refugio y retablo de una muñeca siniestra, de trenzas apolilladas, cuyo pelo pertenecía a la difunta madre de su manipulador. Piriápolis padece y ama a ese pequeño Frankenstein (más peligroso aún por su sexualidad femenina), en el que se entremezclan las figuras de la madre, la mujer amada y, quizás, la propia patria, ésa que despierta amor y nostalgia, pero cuyos horrores invitan a la fuga.

•Intensidad

Si bien la obra carece de progresión dramática y estira demasiado cierto sketch a lo «Chasman y Chirolita», brinda también algunos diálogos muy intensos que habilitan varias lecturas posibles. La tortuosa relación entre estos dos seres que se mueven en un plano más simbólico que real, ejerce una inquietante fascinación sobre el espectador. Y esto se debe en buena medida al excepcional trabajo de Mariana Richaudeau (la muñeca) y Verónica Piaggio (su manipulador). Ambas sostienen delicadamente a dos personajes muy complejos, tanto por su carga metafórica como por sus rasgos personales, proclives a caer en la caricatura. Pero, ellas logran ponerlos en acción respetando su humor, su misterio y su inquietante artificiosidad.

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