6 de agosto 2002 - 00:00

Exhibirá Bellas Artes una muestra de López Armentía

Obra de López Armentía
Obra de López Armentía
El miércoles 14 de agosto, el Museo Nacional de Bellas inaugurará una muestra de Gustavo López Armentía: pinturas, esculturas y obras en arte digital de la última década. Desde sus inicios, el artista ha tenido interés por la expresión - la serie de sus retratos de la primera época es muy asimilable al expresionismo tradicional norte-europeo-que desarrolló en una operatoria donde los personajes, los objetos, los espacios y las dimensiones, se dispersan según sus propias leyes subjetivas.

Siempre se ha interesado por expresar las formas con materia y color, con cierto gusto por las disonancias y con una categorización que podríamos llamar «expresionismo polisémico».

Aunque no hay en sus obras una vena especial de sátira, humorística o dramática, sus imágenes tienen ingredientes agresivos y sin duda, humor, dos recursos que caracterizan su lenguaje.

Por un lado la dispersión, que proyecta las imágenes en toda la superficie de la tela, y anula la posibilidad de encontrar un punto central; un universo común, con sistemas diferentes. Por otro lado, una trama irregular y acuosa que suele jugar en dos dimensiones, por encima y por debajo, de las figuras y objetos. Su pintura de los '80 y hasta mediados de los '90 es trabajada, con óleo abundante y espeso, aceitado, sobre el cual arroja colores muy puros licuados con solvente, lo que produce esa trama de chorreados que cruza tanto a la materia densa, ubicada con espátula, como al uso tradicional de los pinceles. Otra característica es la grafía resultante de sus dibujos con jeringa, que dinamizan la superficie y sustituyen el desplazamiento y el ritmo de sus primeras obras en la representación de lo que fluye, de lo que está en transición.

Desfilan en su repertorio metáforas del poder tecnológico e iluminaciones, donde los autos vuelan y los aviones se convierten en pájaros mecánicos; la materia lanzada sin intención de forma, donde el agua, el puente, el barco, emergen por añadidura, casi como fantasmas, son grafismos que se arman como un mapa; las imágenes infantiles, son también dramáticas (barcos o trenes), y los personajes ya no se deslizan, ni flotan sino que aparecen insertados en un empaste denso, como derritiéndose bajo el sol.

De manera creciente su pintura se ha ido textualizando; las metáforas se cubren con una materia que protagoniza todo y las situaciones se multiplican con lecturas entrecruzadas. Matáforas de la fugacidad, de un tiempo que apunta a lo que se transforma hacia esa identidad humana que el siglo ha tornado increíblemente compleja y conflictiva. La perspectiva y las distancias son generadas por los tamaños; el avión se disgrega, y las imágenes se forman y desforman, según un principio que reside en dejar que las figuras (pasajeros o soldados) emerjan por la propia acción de pintar.

Las características que resultan posibles de señalar y comparar en sus obras son en realidad apariencias, surgen de un velo con el cual el artista cubre y descubre lo que las determina. Va construyendo sus figuras unas a partir de otras y su rasgo identificatorio es esta afluencia que todo lo transforma, más que los datos de la realidad, apoyos lógicos y razonables que el pintor cuestiona de manera permanente.

A partir de 1990, la abstracción avanza aun más en las obras de
López Armentía, y lo figurativo, aunque persiste, adquiere características ambiguas. Ha ido afianzando su lenguaje propio: puede abordar temas y situaciones diferentes. Pero también puede ahora simplificar su expresión, dejando en el camino datos superfluos, que nada agregan a sus significados. La economía de medios depara una abundancia de sentidos, según es habitual en el artista; ahora, sin embargo, una y otra son mayores, más intensas.

•Clima humano

Antes que la ciudad como ámbito social, le interesa la ciudad como clima humano: pesado y denso, incierto y conflictivo. «Escribiendo una historia», por ejemplo, es una incitación que empieza por emanar de la pintura en sí y por sí (esto es, en términos kantianos, una pintura sólo existente como objeto de un sujeto, una pintura fundante, más que transmisora). Aceptada la invitación, advertimos la presencia de una máquina de escribir, que, vista desde arriba, ocupa la zona inferior de la tela. Se descubre que las teclas han sido oprimidas porque los tipos convergen sobre el carro de la máquina, del cual sale una larga tira de papel que se pierde en el espacio y, simbólicamente, también en el tiempo. Ese perderse en el espacio y el tiempo es la Historia ya escrita, porque lo que llena el papel no son palabras sino seres y cosas nombrados por las palabras: aviones, soldados, jinetes, armas, caballos; algunos de ellos desbordan los límites de la hoja de papel (o acaso están por entrar en ella).

Surge entonces el sentido del título: que cada uno de nosotros, los espectadores, escriba su propia versión de la historia con los personajes, elementos y situaciones de la Historia ya escrita. Hemos escrito sobre el diálogo entre fugacidad y permanencia que suponen las pinturas de
López Armentía.

El artista busca la síntesis de lo efímero y lo duradero, lo circunstancial y lo invariable, en esa medida mínima del presente que es la cotidianeidad. Su atención de hombre (y de artista, claro está) se centra en los episodios y las cosas de cada día, casi siempre en el espacio y el tiempo urbanos. Esta indagación, este escrutinio de la cotidianeidad de seres y objetos, releva de su monotonía y su rutina a la vida ordinaria, e introduce en sus pliegues la esencia del sueño.

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