10 de julio 2007 - 00:00
Fervor de Buenos Aires por argentinos, en Valencia
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Consuelo
Ciscar,
directora del
Instituto
Valenciano
de Arte
Moderno,
organizó la
muestra
«Fervor de
Buenos
Aires:
Dibujos de
arquitectos
argentinos»,
con una
treintena de
figuras
invitadas.
Sostuvo Eisenman: «Los arquitectos nos enfrentamos al problema de intentar colocar nuevamente a la arquitectura en la realidad, cuando la realidad ha sido tomada por los medios de comunicación. Un posible comienzo, es tratar de entender qué han hecho los medios con la realidad». Para sintetizar su propuesta, diremos que ha tenido siempre esperanza de que todos, y cada arquitecto reinvente el mundo nuevamente y pueda volver a soñar.
La atinada y justa reivindicación del dibujo arquitectónico concierne a los arquitectos, cuyos diseños libran esa interminable batalla entre la tradición y la invención, el orden y la aventura; y atañe al dibujo, fabuloso instrumento de representación y arte. «Si el arquitecto no abarca la vida cotidiana, desde el utensilio más pequeño hasta el planeamiento de las ciudades; si no trabaja para todos, desde el noble hasta el obrero, no será arquitecto», sostenía Claude-Nicolas Ledoux (1736-1806), estupendo dibujante y arquitecto visionario.
Cuando la Argentina inicia la era de su modernización, a fines de 1880, la inicia desde Buenos Aires y con Buenos Aires. Arquitectos franceses, británicos y alemanes fueron cubriendo la ciudad de estupendos edificios públicos, de casas de departamentos, de residencias palaciegas.
Paisajistas famosos crearon plazas, parques, paseos y jardines. En los tiempos del tranvía, Buenos Aires tuvo 850 kilómetros de rieles, y fue por eso, reconocida en el mundo entero como «la capital del tranvía». El primer subte de América latina circuló por las entrañas de Buenos Aires, en 1913. Las primeras transmisiones regulares de radio empezaron aquí, no en Europa o los Estados Unidos, en 1920. Nueve años más tarde, nada menos que Le Corbusier afirmaba que en Buenos Aires había «sonado la hora de la arquitectura».
Entonces, nuestra ciudad era «la París de América». Pero poco a poco, los estilos modernos empezaron a singularizar a Buenos Aires, lejos de París y Nueva York, y cerca de su propia idiosincrasia. En todo caso, con el tango, Buenos Aires había ya conquistado a París. Razón tenía Le Corbusier, y los arquitectos argentinos -los extranjeros fueron expulsados por la Guerra, y dejaron de venir a Buenos Aire hacia 1915- comenzaron a esbozar otra ciudad de torres de oficinas y viviendas, que iría extendiéndose entre los grandes palacios Beaux-Arts y los edificios Art Nouveau y Art Déco. Hace tiempo que el reconocimiento de nuestros arquitectos ha trascendido fronteras. La ciudad renace: aún sus construcciones antiguas, que son recuperadas y recicladas, empezando por los viejos mercados, y siguiendo por los edificios de la avenida de Mayo, las Galerías Pacífico, los galpones de Puerto Madero, el Asilo de Ancianos, y otros tantos testimonios del paisaje urbano de ayer y de siempre.
Ninguna ciudad del mundo ha suscitado un torrente similar de narrativa, poesía, teatro, música y memorias. Y ninguna ha tenido una canción propia, como sucede con el tango. El poeta nicaragüense, Rubén Darío, que lanzó desde Buenos Aires la revolución modernista en la literatura en lengua española, a fines del siglo pasado, llamó a Buenos Aires: Cosmópolis. Y quién sabe si esta ciudad no es una sucursal del cosmos, y por eso, tan eterna como el agua y el aire, según quería Borges, y así lo describió en su primer libro de poemas: «Fervor de Buenos Aires».




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