Mientras en
diversos foros
se debate el
futuro de las
formas
alternativas de
consumo
audiovisual y la
piratería, la
Berlinale sigue
pobre en cine.
Al lado, Nina
Hoos,
protagonista de
la olvidable
«Yella», vista
ayer sin pena ni
gloria.
Berlín (Enviado especial) - «Si no le damos al consumidor lo que busca, seguramente que lo encontrará en otro lugar». Así abrió su disertación Warren Lieberfarb, ex ejecutivo top de la Warner y considerado el «padre del DVD», en una convención celebrada en el Ritz Carlton en el marco de la Berlinale.
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El tema de las formas alternativas de consumo audiovisual es dominante en este festival. Y, desde ya, es gemelo, o casi, del de la piratería (cada una de las proyecciones se abre con una leyenda que dice «Piratería es delito, y no será tolerada»). Hay muchos controles, en algunos casos hasta revisión sorpresiva de bolsos, y los guardias suelen merodear exhibiciones con lentes especiales de visión en la oscuridad, echando vistazos a la platea. Sin embargo, la exposición del fenómeno de la piratería, o de las formas alternativas, tiene un cariz mucho más franco, incluyendo (como en el caso de Lieberfarb) algunos «mea culpa».
El mismo día, la FIAPF ( Asociación que nuclea a los festivales internacionales de cine) celebró otro encuentro para debatir directamente el problema de las bajadas ilegales de material audiovisual, en el que participó, entre otros, el productor argentino Guido Rub.
Volviendo a Lieberfarb, durante su misma exposición dijo que «la democratización de los media ha sido extraordinaria, y las entidades que han tenido a su cargo el papel de custodio de las puertas van a encontrarse cada vez más superadas». A su entender, Internet todavía no representa una amenaza seria, aunque dentro de 10 años sí lo será. «En realidad, ya no se hablará más de Internet como lo conocemos hoy, sino de un enorme océano digital que comprenderá todo, la computación, la televisión, la telefonía. Y además, ese océano no será fijo sino móvil», agregó.
El presidente de la Berlinale, Dieter Kosslick, inauguró esa reunión definiéndose como «un intelectual del '68, feliz de discutir sobre temas de cine», y lo que vino después, más que contradecir su papel, le dio la razón: la realidad es siempre mucho más cambiante que aquellos que quieren controlarla. Claro, en el '68 se hablaba de otra cosa, y no del inútil combate entre quienes quieren tapar con las manos el desarrollo de las formas alternativas de consumo y los ejecutivos del cine y la música.
Con similar nivel de franqueza expuso Rub el panorama argentino en la reunión de la FIAPF: «En nuestro país, la gente desea cada vez más ver películas antes de que sean estrenadas en los cines, y las bajadas de Internet y las ventas callejeras de dvds ilegales se están popularizando», expresó. Aunque la calidad suele ser bochornosa, para una familia tipo «comprar un dvd callejero representa un ahorro importante en comparación a tener que ir al cine y pagar una entrada». Entre las varias soluciones posibles a esta realidad, Rub sostuvo que sería necesario replantear íntegramente la cadena tradicional de costos y beneficios, desde el valor de la entrada al cine, que debería disminuir, y de allí hacia atrás compensar esa reducción con mayores porcentajes de beneficio al exhibidor, y mejores acuerdos de compra y venta al distribuidor. Además, agregó, también deberían tornarse simultáneos, dentro del cine de arte e independiente, los estrenos de una misma película en sus distintos territorios, algo que ya están aplicando los grandes estudios de Hollywood para disminuir el impacto de la piratería.
Básicamente, en Berlín hubo coincidencia en que el desafío a corto y mediano plazo no es la coacción legal, que se viene demostrando insuficiente e irrelevante, sino sobre todo la formulación de una nueva oferta, que no afecte demasiado los bolsillos de la gente, y poder acceder a la calidad no sólo en forma sino también en tiempo.
El festival
Ahora bien, es improbable que alguien quiera gastar su dinero en dvds legales o piratas de algunas de las películas vistas ayer en el Festival. Dentro de la sección competitiva, se exhibió el film alemán «Yella» de Christian Petzold, interpretado por Nina Hoss. Como muy difícilmente se estrene en la Argentina, no será un pecado revelar que se trata de una tediosa variación de «Sexto sentido», tan previsible que, poco después de comenzar, hasta un chico adivinará que la pobre protagonista, a la que le ocurren cosas muy extrañas, está muerta hace rato.
Perseguida por un ex marido psicótico, Yella quiere escapar de él y de su pequeña ciudad natal para irse a trabajar a Hannover. Tiene la mala idea de aceptar que sea ese hombre temible quien la lleve, con su auto, a la estación de tren. En el camino, tras rogarle que se quede con él, el hombre desvía violentamente el volante al cruzar un puente, y el coche se precipita al río. Sí: todo lo que viene a continuación, tras la misteriosa reaparición sana y salva de Yella, pertenece al mundo de los muertos, pero hay que esperar más de una hora y media de enredos inútiles para que el guión lo confirme.
Más triste aun fue la proyección del último film de los hermanos Paolo y Vittorio Taviani, «La masseria delle allodole», un film histórico sobre el genocidio armenio por parte de los turcos, que provocó deserciones en masa de la sala, y si no fue abucheado sólo se debió a la naturaleza de su tema. Con un elenco internacional, todos mal doblados al italiano, encabezado por Paz Vega, Angela Molina (envejecidísima) y André Dussolier, la película cae en los abismos del folletín melodramático, con cantidad de escenas de dramatismo elemental. A eso se le suma una violencia gráfica mal resuelta, burda, que en un tema tan sensible como éste resulta doblemente más chocante.
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