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El libro comienza así: «Doblegado ante la autoridad y la tradición de mis mayores por una ciega credulidad habitual en mí y aceptando supersticiosamente una historia que no pude verificar en su momento mediante experimento ni juicio personal, estoy firmemente convencido de que nací el 29 de mayo de 1874». Y, y poco después, sigue: «Es un incidente que acepto, como cualquier pobre campesino ignorante, sólo porque me ha sido transmitido verbalmente», pero «la historia de mi nacimiento podría ser falsa», y «un investigador serio y riguroso llegaría a la conclusión de que yo no había nacido jamás. Pero prefiero pensar que el sentido común es algo que mis lectores y yo compartimos, que serán pacientes con el aburrido sumario de los hechos (de mi vida)».
A partir de allí es difícil dejar este libro de quien fuera maestro de la paradoja, el epigrama, la ironía, la mordacidad, el sarcasmo. Rápidamente se comprende por qué fue admirado «hasta la veneración y el plagio» por Jorge Luis Borges.
Al autor del famoso ciclo policial del Padre Brown se le presentó el problema de cómo ir «al teatro de títeres de la memoria» para contar su propia historia, la de un hombre sedentario, la de un escritor, la de un hombre de escritorio y sin escándalos, que tenga acción, y hasta suspenso. El genio de Chesterton lo lleva a la estrategia discursiva de forjar una cadena de sorpresas revirtiendo descripciones que hasta entonces eran pueriles. Para comenzar a hablar de su familia proclama: «nací de padres respetables pero honestos» o, hablando de la educación: «un chico debe ir a la escuela a estudiar el carácter de sus maestros y aprender lo que no debe hacer».
Chesterton maravilla a partir de un ínfimo dato personal que le permite perderse en digresiones que llevan a pensar la realidad de otro modo, estimulando al seguir leyendo con títulos de capítulos como «Cómo ser un imbécil», «Como llegar a lunático» y, en especial, el extraordinario y siempre actual capítulo IX «Proceso a la corrupción», y el siguiente («Amistad y tonterías»), donde aquel que fue un artista plásticofracasado y un escritor exitoso sale de copas con sus amigos. El lector parece sentirse impulsado por esos desvíos, esas ramificaciones del relato, que llevan a brillantes y divertidas opiniones. Le gusta provocar a la discusión sin trajearse de solemnidad alguna desde un espíritu burlón y chispeante.
Conservador, ortodoxo católico apostólico romano, luchador contra «lo moderno», es un escritor que sabe que no es un filósofo, pero que se ha propuesto hacer pensar divirtiendo. Este libro es entre otras cosas un agradable recuperación de un texto que no merece ser olvidado.
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