26 de septiembre 2001 - 00:00

Goerner sumó pasión a su gran virtuosismo

Quien ha escuchado a Nelson Goerner sabe que desde el comienzo de su carrera era un suceso como hoy lo es Horacio Lavandera, y realmente prometía. Después le llegó el período suizo, con Premio de Ginebra incluido, y Goerner se afirmó como un sólido pianista, pero sus interpretaciones académicas podían llegar a ser aburridas y desangeladas.

Con este prejuicio, producto de experiencias anteriores, asistimos a su último recital en el Colón, donde ofreció una primera parte con Chopin dedicada a Nikita Magaloff, de quien se cumplió una década de su fallecimiento. El actual enfoque de Goerner para el compositor polaco es mucho más visceral, con poética gestualidad y colorida sonoridad. Estos méritos deben agregarse a su depurada técnica y al análisis profundo de las obras que toca y rechazando recursos efectistas. Por caso, la Balada N° 4 Op. 52 en Fa Menor, que armó con solidez y discurso contundente.

En esa misma tonalidad está la inmensa Sonata de Johannes Brahms, con sus cinco movimientos y tres cuartos de hora de longitud. Aparte del dominio técnico del teclado, es destacable la coherencia en darle unidad a los temas y motivos, aun en los pasajes donde algunas ideas son recurrentes pero con variación en el carácter, en la tensión o en la serena relajación del «Intermezzo». Realmente una gran versión.

A todo esto, Goerner agregó una virtuosística pieza sólo para la mano izquierda que era realmente una odisea; una chispeante Sonata de Scarlatti, y la 6º Rapsodia Húngara de Liszt en una deslumbrante exhibición de virtuosismo genuino que no le restó interés musical.

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