10 de julio 2007 - 00:00
Graciela Borges: "Siempre fui una transgresora"
-
La comedia de Disney + donde pedir una pizza se convierte en una aventura absurda
-
Netflix sigue apostando por la producciones locales: lo que llegará en 2026 y 2027 bajo el sello "Hecho en Argentina"
Graciela
Borges: «Es
desafortunado
decirlo en un
festival, pero la
vida siempre
es más
importante
que las
películas».
G.B.: Pero era más fácil, porque era parecida a mí. Esa Penny de «Heroína» era muy parecida a la Graciela de esa época. Siempre esperando a ver si la llamaba su padre, siempre espera respuestas de los otros, sin buscarlas por sí misma. Es el único personaje que se parece a mí, aunque muchos crean que hay otros. Tuve una infancia difícil, por suerte ya prescribió, así que no vamos a hablar de ella. No me quiero pensar mucho, porque voy caminando.
P.: Cuénteme al menos cómo fueron sus comienzos.
G.B.: Yo aprendí a leer a los cuatro años. Más tarde me mandaron a clases de poesía y declamación, para afirmarme, porque todos se reían de mi voz, esta voz medio masculina que tengo. A la mañana levanto el teléfono y me dicen « señor». Una vez me dijeron «caballero». En esas clases aprendí tantos poemas que todavía recuerdo. No le voy a recitar ninguno. Y a los catorce entré al cine, en «Una cita con la vida», de Hugo del Carril. El cine es un amor eterno.
P.: Trabajó con del Carril, Ayala, Antin, Soffici, Demare, Torre Nilsson, y también con varios jóvenes.
G.B.: Para «La ciénaga» elaboramos mucho con Lucrecia, una diosa. Pensé en una mujer socialmente muy conocida, a cuya casa de verano he ido varias veces cuando era chica. Muy prestigiosa, y alcohólica. Llevaba la cartera dentro de la casa, y detrás de la cartera, el vasito. Alcohólica, no borracha. Agregué algo de humor, como el ruidito de los hielos del vaso. Fue un trabajo muy mancomunado con Mercedes y los chicos. En cambio la mujer que hago en «Monobloc», ya cuando leí el guión para mí era como zen, no estaba terminada. Como precaria, imprecisa, infantil, iba a morir y no quería reconocerlo. Toda esa historia es como un mundo oscuro, si uno se pone en estado virginal ve cosas reveladoras. Una película especial, de un chico especial. Leonardo Favio me dijo «Luis Ortega como a mí me gusta que filmen». Tres años tardó en hacerla, porque todo es muy luchado.
P.: Ha hecho varias cosas de riesgo.
G.B.: Siempre fui transgresora. Trabajé con Jorge Polaco. Pobre... que ahora está tan mal de salud.
P.: A propósito de salud, cuénteme de «Las manos», que hizo con Alejandro Doria y Jorge Marrale.
G.B.: El cine de Doria es muy emocional. Nos pusimos de acuerdo en que no queríamos ni yo hacer de Perla auténtica ni Jorge de padre Mario auténtico. La verdadera Perla era absolutamente seductora, divina, glamorosa. En cambio yo me dejé la cara marcada (el personaje salía de un cáncer), me hice rubia, un color que me envejece. Mi hijo me recomendaba «mirá, mamá, como vos también sos tan emocional, pensá en quiénes están al lado de los maestros espirituales. No lloran, más bien son aguerridos, sino no podrían sostener a sus maestros.
P.: Así que usted trató con la verdadera Perla.
G.B.: Un amigo me dijo «¿te acordás de Perla, que comimos con ella en Mar del Plata? Tengo un guión». Se refería a una comida de la Fundación que ella hace. Yo no conocía al padre Mario. Sabía que cuando Juan Manuel, me refiero a Bordeu, estuvo tan mal, con una leucemia galopante, Patricia, su última mujer, le llevó una foto. «No hay nada que hacer», le dijo él. Yo lo sabía. Pero Perla dijo que el padre tenía algo más que ver conmigo de lo que yo creía. Un día estaba muy enfermo, esos ataques de asma que tenía, y va al mismo hospital donde estaba internada mi madre. Se le acerca la hermana Mercedes. «Acá está internadala mamá de la actriz Graciela Borges. ¿No rezaría un poco por ella? El lo hizo desde su cama, y mi madre mejoró, y siguió adelante varios años más. Yo entonces no lo supe. Sentía que mencionaban la presencia de un padre, pero pensé que estaría algún monseñor de visita.
P.: ¿Cree en los padres sanadores?
G.B.: Alguien que adoro, el padre Ignacio, que detecta la enfermedad, me dice siempre «No soy sanador, el que cura es el de arriba». Fue una cosa rarísima todo eso. Después que filmamos en el descampado, sacaron el vagón que representaba el vagón donde vivía el auténtico padre Mario, y abajo estaba lleno de flores blancas que nadie plantó. Nadie en el mundo.
P.: Finalmente, ¿qué camino sigue para elegir un papel?
G.B.: Leo el libro en su totalidad, pienso qué actitudes el personaje tiene ante diferentes situaciones, me voy convirtiendo en el personaje, pero lo decisivo es sentir que puedo aportarle algo de verdad, y que todo eso puede aportarme algún conocimiento de la vida. Porque es desafortunado decirlo en un festival, por ejemplo, pero la vida siempre es más importante que las películas.
Entrevista de Paraná Sendrós




Dejá tu comentario