San Pablo (enviada especial) - Inaugurada el 23 de marzo, la XXV edición de la Bienal de San Pablo, que permanecerá abierta hasta el 2 de junio, ofrece un amplio panorama del quehacer artístico contemporáneo que incluye el de regiones remotas del planeta, de varios países de Africa, Asia y Europa del Este. La megamuestra permite observar coincidencias, tanto en la temática de las obras como en el predominio de la fotografía y el video, utilizados en ocasiones con criterios similares a los de la pintura.
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Con las grandes metrópolis como tema y un presupuesto reducido -dado que las empresas de Brasil financian en la actualidad la mayor gira artística que haya realizado nunca un país en la historia-, el curador alemán Alfons Hug decidió resignar el núcleo histórico de la Bienal y enfatizar las expresiones emergentes.
Así, los visitantes que entre los 190 artistas de 70 países que ocupan los 30.000 metros del pabellón Ciccillo Matarazo, busquen figuras consagradas del circuito internacional, encontrarán las pinturas murales de Franz Ackermann, las imágenes de Shirin Neshat, Mariko Mori y Lucinda Devlin, la obra que presentó en la Bienal de Venecia Tatsumi Orimoto inspirada en su madre enferma, las fotografías documentales del berlinés Thomas Ruff y las que el alemán Andreas Gursky exhibió en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, además de la última serie de frívolas pinturas de Jeff Koons y las estereotipadas modelos de Vanessa Beecroft.
Los nombres top no son tantos, pero como contrapartida, la Bienal permite descubrir interesantes artistas que irrumpen en el escenario con nuevas propuestas.
El principal segmento de la megamuestra, «11 Metrópolis», está dedicado entre otras urbes a Estambul, Moscú, Nueva York, Sydney y la «Ciudad Utópica», que de cara al porvenir pretende brindar respuestas. Lo cierto es que los artistas no vislumbran el paraíso, las obras expresan mayormente el afán de aislarse de un entorno que se percibe hostil. El mejor ejemplo es el de los chinos Huang Yong Ping y Shen Yuan, que logran resguardar su territorio por medio del encierro, encapsulando un grupo de viviendas en una media esfera inaccesible.
San Pablo, que con sus 16 millones de habitantes es una de las ciudades más poderosas, dispares y violentas de América, está representada por cinco artistas jóvenes y poco conocidos seleccionados por el talentoso del crítico paulista Agnaldo Farías, curador de la extensa participación brasileña. En uno de los montajes más significativos, Lina Kim trata el tema de la locura y con escasos elementos crea el clima alucinado de un delirio psicótico. Utiliza recursos simples, fragmentos circulares de espejos pegados regularmente sobre las paredes de un cuarto donde, bajo una luz extremadamente blanca, se encuentran dispersas algunas camisas de fuerza, baldes y canillas. El efecto es el de un viaje a la alienación.
Los problemas que padecen los grandes centros urbanos son los temas predominantes de la Bienal: la marginalidad y la violencia de su periferia; las olas migratorias de los excluidos del sistema; la diversidad de estructuras económicas, políticas y culturales; la libre opción sexual, el reconocimiento del «otro»; las diferencias étnicas, el consumismo, las nuevas tecnologías y su repercusión en la vida; las urgencias, frustraciones y angustias; la globalizacion, el nuevo orden de los capitales y la hiperinformación mediática; la corrupción, el terrorismo y la miseria; los desajustes estatales y otros conflictos que generan la fricción que caracteriza las megalópolis. Y en más de una obra el cielo y la tierra ocupan el lugar inverso, el orden natural está alterado. De este modo, los artistas ironizan, critican o se interrogan sobre las contingencias que plantea la actualidad, y el resultado es un arte más reflexivo que sensual.
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