Como los perfumes y el can can, el «otro» es una obsesión francesa. La cantó Rimbaud («porque yo soy un otro»), la demonizó un pensador en desuso («el infierno son los otros») y hasta la exportó un psicoanalista pícaro, en su versión de «Gran Otro», para confundir a sus devotos rioplatenses. En verdad, nadie como los franceses le dieron tal status filosófico a la simple curiosidad por espiar, criticar o imitar, lo que están haciendo en la casa de al lado.
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Los «otros» de esta brillante comedia de Agnès Jaoui (una Woody Allen sin narcisismo) tienen gustos diferentes e incompatibles, condición para que el mundo esté en orden. Pero nunca falta alguien que busque mezclarlos y desate el caos, o lo que las revistas de divulgación llamarían la crisis de la mediana edad, la crisis matrimonial, de pareja, o lo que la moda (ese imperio del gusto del otro) aconseje.
Eso es lo que le ocurre a monsieur Castella, un rico pero rústico industrial que se contrató un asesor de imagen, un guardaespaldas y una profesora de inglés, la noche en que muy a su disgusto se ve en la obligación de acompañar a su mujer (decoradora de interiores y predicadora de la superioridad moral de las mascotas sobre los humanos) al teatro: actúa una sobrinita, en un papel de reparto, y no hay más remedio que ir.
La obra, por si fuera poco, es «Berenice» de Racine, y monsieur Castella descubre con espanto que es «en verso». Pero descubre algo más: Berenice no es otra que Clara, su profesora de inglés, a quien despidió el primer día porque su método de enseñanza no era «divertido». Pero ahora, sobre el escenario, parece otra: lánguida, trágica, pasional. Ese es el tercer descubrimiento de monsieur Castella, el que más infortunios le acarreará: todavía puede enamorarse.
De los muchos placeres de esta película uno de los mayores son sus personajes, tan creíbles en sus pequeñas miserias como en sus inocentes vanidades. El desarrollo de sus vidas (todas ellas vinculadas entre sí, de manera fluida, llena de gracia e ingenio) termina por hacer amar al más detestable y tomar distancia de los más recomendables.
Monsieur Castella (formidable Jean-Pierre Bacri) corre el riesgo de cualquier hombre que se enamora a destiempo y de la persona equivocada: hacer el ridículo. Y lo hace a lo grande, colosalmente. El gusto de él no es el de los sofisticados amigos de Clara, quienes no podían haber encontrado un regocijo mayor que sus visitas al café literario y sus merodeos por galerías de arte o teatros de vanguardia.
Pero la película no se limita a echar mano al recurso más sencillo de explotar unilinealmente su personaje, como si se tratara de una ópera bufa. Los «otros», una vez más, cargan con sus propias manchas y debilidades (Clara es la cuarentona insatisfecha, para quien el absurdo acoso de Castella es apenas un accidente; sus amigos artistas no son únicamente los iluminados de vanguardia sino también, a su manera, un par de miserables aprovechadores).
Esa multiplicidad de perspectiva no sólo enriquece la historia sino que transforma, a la manera de Molière -cuyo espíritu, a sabiendas o no, flota en toda la película-, al sabio en vil y al necio en noble. Faltaría decir que «El gusto de los otros» es el de muchos más: el chofer y el guardaespaldas, la hermana solitaria de Castella, su esposa y los perritos, el inconmovible asesor de imagen y, por supuesto, la moza del café y «dealer» en sus horas libres: es ella, la pelirroja Agnès Jaoui, directora de la película (su ópera prima), quien de seguir en esta línea podría dar una de las mayores sorpresas en el cine francés de los próximos años. Imperdible.
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