"Harry Potter y la Orden del Fenix"

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«Harry Potter y la Orden del Fenix» («Harry Potter and the Order of the Phoenix», EE.UU., 2007, habl. en inglés o dobl. al español). Dir.: D. Yates. Int.: D. Radcliffe, E. Watson, M. Gambon, G. Oldman, A. Rickman, M. Smith y otros.

El prólogo terrorífico probablemente sea el mejor y más siniestro de todas las películas de la saga de Harry Potter. Las vacaciones del protagonista, dedicadas a enfrentar la violencia ya nada infantil de cinco matones de barrio al mismo tiempo, son interrumpidas por el ataque inusitado de los espantosos «dementors», monstruos voladores dedicados a custodiar los calabozos del mundo de los brujos.

Sin otra opción que saltear reglas y utilizar la magia para salvar su pellejo, Harry inmediatamente es acusado de quebrar las leyes de las fuerzas ocultas y juzgado para expulsarlo de la Escuela Hogwart. Así planteada la historia, Potter se convierte en un antihéroe marginado y discriminado por los humanos normales y también por amigos y enemigos de ese mundo paralelo, cada vez más convulsionado por ominosas intrigas políticas.

Fiel al libro original, la adaptación de la quinta novela de este aprendiz de hechicero, cada vez más avanzado, probablemente sea la más respetuosa y rigurosa, algo llamativo si se tiene en cuenta que «La Orden del Fenix» es el volumen con más páginas de toda la serie de J.K. Rowling, y sin embargo el film dura un poco menos que los cuatro anteriores.

También es el más conversado de todos, el de menor cantidad de escenas de acción sobrenatural con despliegue hollywoodense, el más centrado en los conflictos de cada personaje, y el primero que parece hecho a medida de los posibles gustos y preferencias de la autora con respecto al modo de llevar sus personajes al cine. Sin que esto aparezca indicado de modo alguno en los créditos, por primera vez cada escena luce como aprobada por un escritor más que por los productores de un estudio.

  • Seriedad

    Exagerando con ironía, la saga que inició Chris Columbus ahora exhibe la seriedad clásica de la versión para la TV británica del «Yo Claudio» de Robert Graves. Obviamente, las dos primeras películas que dirigió Columbus son mucho mejores, ingenuas y divertidas, y sobre todo intensas y originales en su puesta en escena de un mundo paralelo de hechiceros, enfocado desde el punto de vista de un héroe preadolescente.

    Pero, siendo justos, ya en su quinta novela los conflictos dramáticos son muy distintos, y además la simple recreación de ese universo fantástico, que ya se describió en cuatro ocasiones, difícilmente podría aportar por sí misma. Por eso la elección de un director surgido de la TV inglesa y, más sorpresivamente, de un nuevo guionista -Michael Goldenberg- reemplazando al hasta hace poco imprescindible Steve Kloves, marcan un cambio de estilo grave y firme, muy audaz y también un poco forzado, y a veces al borde de lo pretencioso.

    Con los puntos a favor y en contra de este cambio, no deja de ser una apuesta interesante y nada facilista, teniendo en cuenta el modo en el que se manejan estas franquicias en Hollywood. Y si bien el esfuerzo por describir las miserias de la lucha por el poder con tanta seriedad y uso intensivo y a veces abuso de diálogos que no opacarían a «Ricardo III», o el exceso de personajes secundarios que no siempre terminan de lucirse, podría amenazar el conjunto, los dos últimos actos combinan drama y terror con una intensidad y equilibrio que termina por redimir casi todo. Y junto a Gary Oldman y Alan Rickman, el que casi se roba la película es el nuevo compositor Nicholas Moore, que aporta una banda sonora increíblemente adulta, compleja y dramática como para salvar con altura cualquier sobredosis de madurez.
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