25 de julio 2001 - 00:00

"Hay novelas históricas que son muy malas"

Félix Luna.
Félix Luna.
El historiador Félix Luna se acaba de aventurar en una novela que, a través de un personaje menor, le permite mostrar el surgimiento de la Argentina como Nación. Dialogamos con él sobre «Martín Aldama. Un soldado de la Independencia».

Periodista: Se dice que «Martín Aldama» es su primera novela, pero usted ya había hecho ficción en su libro «La noche de la Alianza» y, de alguna manera, en «Soy Roca»...

Félix Luna: «La noche de la Alianza» pertenece a otro género, son cuentos, y además son de hace muchos años. También, en 1955, publiqué «La última montonera». En cuanto a «Soy Roca», si bien tiene forma novelística, es un libro de historia, y ponerlo en primera persona me dio cierta latitud para poder ir creando, pero siempre acotado en la verdad histórica.

P.: ¿Cómo surgió la idea de esta novela?

F.L.: No sé, uno nunca sabe cómo surgen la ideas, si una noche la soñé o me desperté y me puse a fantasear con esta historia. Lo que sentí es que iba a estar muy cómodo dejando librada la imaginación con un personaje, pero con el contexto histórico intacto, sin falsear la realidad histórica en ningún momento.

P.: ¿Cómo es Martín Aldama, el protagonista de su historia?

F.L.: Lo imagino como hijo sacrílego de un canónigo, que se incorpora al cuerpo de Patricios luego de la primera invasión inglesa, vive a Liniers en el poder y luego su fusilamiento, y anda con los ejércitos patrios hasta la muerte de Belgrano. Vive desilusiones políticas y amorosas. Su fidelidad al Ejército lo aleja una y otra vez de su amor verdadero. Pensé que, ese Aldama, me daba la oportunidad y el juego como para imaginar cosas dentro del contexto estrictamente de la ficción pero con enorme respeto por la verdad histórica. Me divertí bastante creando personajes, como dos ingleses entre comerciantes y contrabandistas.

P.: Aldama se hace amigo de un británico...

F.L.:
De un irlandés que queda herido en la primera invasión, que le enseña a hablar y leer en inglés, lo protege, y después este hombre aparece como estanciero en San Antonio de Areco, ya muy agauchado, ya muy nacionalizado. Esto es algo interesante, la capacidad del país en aquella época para absorber al extranjero. Es un prenuncio de lo que va a pasar después con la inmigración. Esa historia me daba lugar para ciertos juegos, como un negrito que habla en verso o por lo menos recita mucho. O ese polaco mercenario, que cumple un poco el papel de malo, que habría estado en el ejército de Napoleón. Esto, sin bien no fue común, busca señalar que hubo muchos casos de oficiales que habían estado en los ejércitos napoleónicos y luego de 1814 se quedaron sin trabajo, vinieron al país y fueron contratados por el gobierno de Buenos Aires. Como se puede ver tenía un amplio campo para la creación.

P.: Y, además, su experiencia histórica...

F.L.:
Ese fue el substrato, pero lo que vertebró este libro es la forma en que se fue haciendo la patria. Como una colonia tranquila, comercial, atenida a todas las pautas del gobierno borbónico, va forjando su necesidad de convertirse en un país.

P.: ¿Por qué escribió, como en «Soy Roca», en primera persona?

F.L.: Creo que es más entrañable alguien que habla de sí mismo. La novela en tercera persona siempre pone un poco de distancia entre observador y personaje. En cambio, cuando uno se pone en la piel de él y cuando recuerda su historia, me parece que lo acerca más. La primera persona permite el soliloquio, que en un libro de historia no se ve bien. Y está bien que no se vea bien, porque un historiados no tiene por qué meterse en el alma de un personaje y calcular qué pensaría Napoleón al ser derrotado en Waterloo. Debe mostrar los hechos, nada más.

P.: ¿Narrar así, además, le permite observar los sucesos con cierta parcialidad?

F.L.: Precisamente. Este muchacho Aldama es un porteño cabal, hasta fanático, que desprecia a los cordobeses, a los tucumanos, a la gente del interior. En un momento dice: «Nosotros somos los más vivos, los más inteligentes, los más adaptables a los cambios; estos otros siguen con la mentalidad colonial». Esa forma de pensar permite explicar todo los problemas de guerras civiles que hubo, las rivalidades entre provincias, los caudillismos, todo eso. Lo que dice Martín Aldama no es que yo lo comparta, pero los hechos eran así. No tengo ninguna identificación con él. Pero alguien que comienza diciendo «me llevaba de la mano, mi madre», permite ofrecer un personaje muy cercano y auténtico. Eso no quiere decir que el narrador avale todo lo que él dice.

P.: ¿Por qué la novela histórica está en auge?

F.L.:
No es una moda actual. Stefan Zweig y André Maurois qué lindas cosas escribieron entre la novela y la historia. Muchas generaciones aprendimos historia con novelas. Alejandro Dumas en sus novelas ofrece una visión de la Francia del siglo XVII extraordinaria, hasta Julio Verne y Emilio Salgari lo logran a veces. En el siglo pasado, en el siglo XX, estuvieron, entre otros, el «Adriano» de Yourcenar y el «Yo, Claudio» de Graves. Yourcenar, sobre todo, me inspiró para escribir «Soy Roca». Me dije: por qué no vamos a tomar un personaje nuestro y hacerlo hablar como Marguerite Yourcenar hace con Adriano, en esa traducción formidable de Cortázar.

P.: ¿A qué se debe la actualidad de novelas históricas que tratan de épocas lejanas?

F.L.: Es que la naturaleza humana es la misma. Eso es lo que no ha variado. Sabemos más cosas, pero la naturaleza humana no se ha modificado. La codicia, el ansia por el poder, las envidias, las ganas de sobrevivir son cosas de todas las épocas, de todos los días. Shakespeare, con todo su talento, no hizo más que documentar todo eso.

P.: ¿Qué indica hoy el gusto por este género?

F.L.:
Refleja el interés del público por la historia. Como a veces los historiadores no saben responder a ese interés con obras que sean atractivas, interesantes, divertidas, entonces la gente busca en la novela histórica saciar ese interés o esa curiosidad. A veces, salen muy mal las novelas estas.

P.: Además de mal escritas, apresuradas...

F.L.:
Muchas están escritas por encargo. La gente tiene que vivir de lo que hace y no critico eso, pero escribir por encargo es estar acotado, presionado. No se tiene libertad de decir, a mitad del manuscrito, esto no sirve, lo escribo luego.

P.: ¿Le pasó de abandonar un escrito?

F.L.:
No, no me pasó nunca. Acaso no tengo mucho sentido autocrítico. Una vez dejé de pensar en algo porque como no salía, preferí ni empezarlo. Tal vez el no haber dejado de lado algo se deba a que cuando me pongo a escribir estoy necesitado de hacerlo, estoy como embarazado del tema. Me pasó con «El 45». Había leído un libro de varios autores sobre ese etapa y me pareció tan equivocado, que me dije: «Esto hay que aclararlo», y me puse hacerlo. Si bien nunca escribí un libro en contra de otro, lo que puede ocurrir es que haya una opinión que no me haya gustado y la refute, pero esto es propio de todo lo histórico. Por eso la historia no es una ciencia, es una disciplina que la hacen muchos. Lo que uno no pudo decir, porque no lo conocía, lo dice otro.

P.: ¿Las novelas históricas aunque resulten verosímiles pueden no tener que ver con la verdad de los hechos?

F.L.: El viejo Von Ranke decía, en el siglo XIX, «historia es contar lo que pasó» y es así, no se puede inventar. Para inventar está la novela, que puede ser buena o no tan buena. Yo elegí un formato que para mí es el mejor de las novelas históricas, el que inventó Benito Pérez Galdós con su «Tradiciones nacionales», y que acá repitió, de alguna manera, Manuel Gálvez. Son historias que cuentan de un testigo que es insignificante, una persona de tercera fila, que a veces ve pasar y otras veces es partícipe de la historia.

P.: ¿Manuel Gálvez es un olvidado?

F.L.:
Tiene algunas novelas históricas buenas. «Los caminos de la muerte», sobre la guerra del Paraguay. Otras sobre la época de Rosas, como «El gaucho de los Cerrillos». Estaba muy atenido al canon histórico de la época, fue sumiso hasta los años '30 a la versión liberal vigente en ese tiempo: Rosas tirano, y esas cosas. Después vio a Rosas de otro modo.

P.: ¿Qué está escribiendo ahora?

F.L.:
Nada. Pero acaso se me ocurra una segunda parte de «Martín Aldama» dado que el final de esta novela está abierto. Pero yo soy medio repentista, y además escribo en verano.

P.: ¿Y publicará algún ensayo histórico?

F.L.:
No por ahora. Escribí a fin del año pasado uno sobre «Los gobiernos radicales», de 1914 a 1930, incluido en el séptimo tomo de la «Nueva historia de la Argentina» de la Academia Nacional de la Historia. Mi trabajo termina en vísperas de la revolución del 6 de setiembre. Después sigue uno de Zuleta que estudia «La década del '30». Dice cosas muy interesantes, acentúa por supuesto lo del fraude, pero señala realizaciones importantes. El de Justo, sacando la mancha del fraude, fue un gobierno realmente inteligente. Salimos de la crisis en 4 años, mientras que en Estados Unidos salieron realmente de la crisis cuando se declaró la guerra y las fábricas empezaron a trabajar a pleno. Acá en el año '35 ya había pasado la crisis. La gran huelga de la construcción del año '35 indica que no había más crisis, que la gente ya no tenía miedo de hacer huelga.



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