9 de enero 2001 - 00:00
Historia y caos son los ejes de la obra de Noé
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"Reflexiones con texto y fuera de contexto".
«Mi tema es el caos», ha dicho una y otra vez, proclamando siempre la insoslayable necesidad de asumirlo. Sin embargo, la obra de Noé -que expone «Reflexiones con texto y fuera de contexto» en la I Bienal de Arte de Buenos Aires, en el Museo Nacional de Bellas Artes, hasta el 31 de enero-, demuestra que asumir el caos no es disolverlo sino acrecentarlo, pero que solamente acrecentándolo puede ser asumido. Porque se trata de un proceso cultural de rechazo de un orden y búsqueda de otro, y es, por lo tanto, un proceso continuo, sinuoso y abierto, donde alternan el azar y la necesidad, la duda y la certeza, el ansia y el prejuicio.
Pero el Noé de 1975 no cesa en su cuestionamiento. Recuperada el habla pictórica, recobra lo que es, en verdad, más que un tema: una actitud. «El artista debe obedecer a su época, a los dictados profundos de su época. Pero para inter-pretarlos, para revelar su imagen, para transmutarlos en otra cosa, debe ser un mago. Y si no, no es un artista», señalaba en su «Antiestética», de 1965.
Así, «La Naturaleza y sus mitos» es tan histórica como «Conquista y destrucción de la Naturaleza», que se ocupa de los orígenes de América del siglo XV y el XVI. Y son históricas, también, las series «Esto no tiene nombre»; «Todo es verdad, nada es mentira» (una refutación discepoliana); y «Percepciones». Porque, en definitiva, el concepto de naturaleza es sinónimo de historia.
Acaso valga la pena tener en cuenta el triángulo geográfico de residencia de Noé: Buenos Aires, la ciudad de su nacimiento; Nueva York, en que pasó buena parte de 1964 y, luego, los tres años que van desde fines de 1965 hasta fines de 1968; y París, donde vivió entre 1961 y 1962 y, más tarde -al cabo de su estadía porteña de 1969-1976-, durante diez años y medio, al término de los cuales, en 1987, se reintegra a Buenos Aires.
Si Noé decidió dejar la pintura en Nueva York, no fue por estar distanciado de Buenos Aires sino de la pintura, y si desarrolló su nueva etapa en París, fue porque la ausencia de la Argentina y de América era tan sólo nominal, física. Más aún, en los años de París retoma algunas de sus experiencias argentinas, como es el caso de las pinturas del derecho y del revés («Novela», «La difícil comunicación») y el de los pliegues («Estructura para un paisaje», «Dentro de un paisaje»).
La obra de Noé atañe a la historia (con mayúscula o sin ella), a los hechos de hoy y los de ayer, a las circunstancias del artista y a las del mundo. Ya se trate de la «Primera destrucción de Buenos Aires», en que sigue a Ulrico Schmidl aunque a su manera, o de las luchas internas, como en «Carajo que se rinda su abuela!» y «La batalla nos une».
También es la historia la razón de los jeroglíficos hallados por Noé en las cavernas de Buenos Aires. Por empezar, no son jeroglíficos en el sentido ordinario del término ni hay cavernas en Buenos Aires. Pero la metáfora es transparente: se trata de misterios que deben descifrarse. El artista desentraña en estas telas seductoras y mordaces las historias de la migración interna (Tucumán) y externa (Paraguay), el porteñismo, la reserva ecológica, el dinero y el poder, la trivialidad y el drama político (el fusilamiento de Dorrego, del que se había ocupado en 1961, en su «Serie Federal»).
Así, en las cavernas de Buenos Aires, Noé pasa revista a su obra, y su obra pasa revista a Noé, a sus obsesiones, sus deleites, sus sarcasmos, su conciencia social y (anti) estética, sus utopías, un universo audaz y estupendo que él ha definido: «La aventura de la permanente revelación y la revelación de la permanente aventura».




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