El Oscar, en caída libre: registró el peor rating de toda su historia

Espectáculos

La Academia se replantea cómo sigue con la ceremonia. Los cambios que introdujo no funcionaron.

El productor de la ceremonia del Oscar, Steven Soderbergh (que en sus buenos tiempos dirigió la película de culto “Sexo, mentiras y video”) no mintió al prometer una gala más íntima que lo habitual. Tanto lo fue que, a juzgar por los resultados del rating, sólo pareció haber interesado a los íntimos: los nominados y sus familias.

La audiencia de esta 93° edición de los premios de la Academia de Hollywood fue tan catastrófica que, si no se reformulan drásticamente, si no se plantean qué es lo que están haciendo mal para que cada vez haya menos público interesado en su fiesta, es difícil que ésta llegue a su centenario. Sólo faltan siete años. Y esto no sólo es culpa de la pandemia ni de la suspensión durante un año de los cines sino, además, de la “cancelación” del espíritu de celebración, humor, glamour, chispa e ingenio que la caracterizó siempre, o al menos durante la mayor parte de su existencia.

El rating, de acuerdo con la agencia Nielsen, se desplomó el domingo 58% comparado con el del año pasado, cuando la coreana “Parásito” hizo el doblete de premios, y que ya había acusado el mínimo histórico de 23,6 millones de espectadores. Anteanoche, la cifra de televidentes cayó por primera vez en la historia por debajo de los 10 millones: 9,85 en total. En 2014, para no remontarse a los tiempos de gloria, la cifra había sido de 43 millones.

Sin conductor por tercer año consecutivo, sin chistes, sensiblera y solemne, con el mismo espíritu de gravedad que dominó las extensísimas tres horas de transmisión en la Union Station de Los Angeles, con conexiones a distintos puntos del exterior donde los ganadores parecían movileros, la gala se asemejó a una cena de camaradería de las Naciones Unidas, con homenajes y planteos al por mayor. Para el gran público, además, fue una reunión de desconocidos, en donde cada vez es más difícil encontrar una estrella. Ni siquiera Anthony Hopkins, que prefirió quedarse en Gales y no hacer tamaño viaje para competir en una categoría en la que se sabía perdedor. Grande fue su sorpresa (una de las pocas de la noche) cuando el fallecido Chadwick Boseman, cuyo triunfo póstumo parecía cantado, perdió ante él.

La Academía de Hollywood, que tuvo entre sus conductores más celebrados a Bob Hope, Johnny Carson y Billy Crystal, no sólo no los ha reemplazado sino que parece empeñada en borrar el recuerdo de su chispa, el ingenio de sus bromas. Los únicos que han de respirar aliviados son los intérpretes simultáneos al español, que casi nunca entendían el doble sentido ni las referencias. La tarea hoy se ha allanado porque hoy todos los discursos son idénticos.

Esta transformación, sin embargo, no es nueva. Ya en 1989, cuando la Academia decidió modificar la fórmula tradicional “Y el ganador es...” (And the winner is) por el eufemismo “And the Oscar goes to...” (Y el Oscar es para...), declaró que lo hacía para no ofender a los no ganadores. O sea, a los perdedores, palabra que se cuidó bien de emplear. Sin embargo, el Oscar es una competencia, y en cualquier competencia, en todas las épocas y todos los lugares, hay ganadores y perdedores. Elemental: si no, no habría competencia.

No puede decirse, sin embargo, que Soderbergh no haya intentado todo para cambiar las cosas y buscar más gancho. Pero no sólo no le salió sino que los resultados fueron lo contrario de lo que esperaba. Por ejemplo: el orden de los premios. El de Mejor Director, que consagró a la cineasta chino-estadounidense Chloé Zhao por “Nomadland”, también ganadora de Mejor Película, se anticipó a la primera hora de programa. Del mismo modo, el de Mejor Película, que era la coronación, el climax, se dio anteanoche antes que los de Mejor Actriz y Mejor Actor. Tal vez se haya querido retener al público con premios grandes tempranos, aunque lamentablemente ese público estaría viendo béisbol, o alguna serie en Netflix.

Y a propósito de Netflix: el gigante del streaming, que se proponía quedarse con muchos Oscar (la más modesta de sus aspiraciones empresariales), deberá esperar un poco más. Sobre 36 nominaciones sólo ganó siete estatuillas, y ninguna correspondiente a los premios mayores. Ni “Mank” (sólo técnicos) ni “El juicio de los siete de Chicago”.

Los ganadores, que anteriormente casi no tenían tiempo de incluir a los padres en los agradecimientos porque apenas empezaban a hablar ya los sacaban del escenario, el domingo tuvieron luz verde ilimitada para sus discursos. Eso hizo temer una ceremonia larguísima pero terminó durando casi tanto como las tradicionales. Posiblemente, lo que faltó de chascarrillos se compensó con discursos.

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