A unque con algún retraso por razones circunstanciales, he leído el reportaje realizado a Rubén Szuchmacher aparecido en la edición del 25 de febrero pasado de Ambito Financiero con el título de «El San Martín tiene tendencias atávicas». En el mismo, este director inteligente y capaz, frecuentador de los escenarios del Teatro San Martín e integrante hasta el año pasado de la Comisión Asesora de la Dirección Artística, formula apreciaciones e incurre en omisiones que merecen alguna clarificación.
Szuchmacher elabora una suerte de alegato sobre la modernidad que estima inexistente en el Teatro San Martín, sin aclarar si se refiere a la programación (títulos, autores, temáticas, ideología) o al modo con que esa programación se materializa sobre los escenarios. La diferencia es importante y Szuchmacher no la ignora. La programación del Teatro San Martín (ahora del Complejo Teatral de Buenos Aires) es responsabilidad del director artístico, quien decide el repertorio en solitario aun teniendo en cuenta la opinión de la Comisión Asesora. Es también responsabilidad de la Dirección Artística la elección de los directores que pondrán en escena ese repertorio.
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A partir de ese momento se abre una instancia de cierta complicación: el director convocado debe compatibilizar los términos ideológicos, estéticos, conceptuales que determinaron la elección de una obra por el director artístico con sus propias ideas sobre el material que recibe. Se trata de un pacto que muchas veces se consuma en plenitud y otras no tanto, como corresponde a los emprendimientos artísticos siempre atravesados por las subjetividades en juego.
Vale detenerse por un momento en el criterio de modernidad. Szuchmacher no lo dice en el reportaje, pero debo suponer que se refiere a la renovación de los criterios estéticos, a la mirada actual, contemporánea sobre los materiales artísticos, a la incitación desafiante para el espectador sin darle posibilidades de instalarse en la contemplación pasiva de cuestiones del pasado, al ataque constante contra el conformismo. Entonces, en el caso del Teatro San Martín se trataría de ver dónde está la modernidad de su repertorio, esa modernidad reclamada por Szuchmacher. Está sin duda en los textos, aunque se trate de un Shakespeare del siglo XVI y está en los criterios estéticos de la puesta en escena, más en éstos que en aquéllos según parece porque Szuchmacher extrema las cosas con el dudoso ejemplo de «El patio de la morocha» reivindicada por la modernidad posible de un montaje. Pero definitivamente Szuchmacher remite a los directores de escena toda la responsabilidad de la modernidad, cuando llega a ponerse como ejemplo. Su versión de «Galileo Galilei» (1999), autocalificada como culterana en el reportaje mencionado, es para él un modelo virtuoso de la modernidad, mientras que el montaje de «Hombre y Superhombre» realizado por Norma Aleandro (2001) merecía ser arrojado, según Szuchmacher, a las cloacas del teatro comercial.
Es curioso que éstos sean los únicos títulos y los únicos nombres utilizados por Szuchmacher en su diatriba contra el repertorio del Teatro San Martín. Porque si como él viene a sostener son los directores los responsables excluyentes de la modernidad de un repertorio y si el San Martín incurre en tendencias atávicas y anacrónicas salvo cuando él dirige, ¿dónde situar a los demás responsables escénicos del Teatro San Martín? ¿De qué cavernas atávicas emergieron esos otros artistas, incapaces de deslumbrarse ante el mensaje redentor del modernismo que propone Szuchmacher? ¿O acaso los Gandolfo,Yusem, Pasqual, Urquijo, Lavelli, Sturúa,Villanueva Cosse, Bartis, Lassalle, Villanueva, Zanca, Suardi, García Wehbi, Tantanián son pura basura decimonónica?
En cuestiones de esta relevancia institucional Szuchmacher -que ya dejó hace tiempo de ser un adolescente, que pretende continuar como asesor de la dirección artística del complejo teatral y que ha sido convocado nuevamente para dirigir este año una obra de la austríaca Jelinek- tiene la obligación de ser más preciso y menos genérico en sus opiniones sobre la realidad teatral de la Argentina y del Teatro San Martín. Debe atreverse a mencionar a las personas por su nombre, a identificar a los angélicos modernistas como él si es que existen y señalar a los oscurantistas -como lo hizo por excepción con Norma Aleandro- indignos de dirigir en el Teatro San Martín. Si así lo hiciera, se evitaría el mal rato de aclaraciones como la presente y abriría la posibilidad de polémicas creativas y enriquecedoras para todos.
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