23 de julio 2003 - 00:00

Imaginativa versión musical de Wilde

Cibrián y Mahler, junto al elenco
Cibrián y Mahler, junto al elenco
«El fantasma de Canterville». Versión del cuento de O. Wilde. Libro, letras y dir.: P. Cibrián. Mús. y dir. mus.: A. Mahler. Int.: D. Iglesias, G. Dufour, C. Alladio, A. Fontán y otros. Coreog.: D. Fernández. Esc. y vest.: R. Diviú. (Teatro del Globo).

C uando Oscar Wilde escribió «El fantasma de Canterville» no sólo se ocupó de señalar el fuerte contraste entre la refinada cultura europea y el materialismo norteamericano -del que ya se hablaba en aquella época-, sino que además logró delinear una sutil metáfora en torno a la pérdida de la belleza y a su propio desencanto frente a un mundo obsesionado por la idea de progreso y bienestar material.

Basándose en este relato, Pepe Cibrián y Angel Mahler crearon una atractiva fábula musical que apela al lenguaje de los cuentos de hadas, pero sin ocultar una dura posición crítica frente al papel de los Estados Unidos en el panorama mundial. La rica familia norteamericana que toma posesión del castillo de Canterville es tan ridícula y desopilante como en el original, sólo que al tener más desarrollo la trama argumental, y al multiplicarse sus peripecias, también se enriquecieron las observaciones y bromas referidas al «american way of life».

La versión de Pepe Cibrián incluye una numerosa corte de fantasmas, una pareja de aristócratas rusos exiliados tras la caída del zarismo, y una banda de gangsters cuyos sórdidos manejos marcan un contraste, aun más profundo, entre el mundo humano y el de los espectros.

El fantasma de Canterville ya no es aquel espantajo siniestro que pretendía asustar a los imperturbables yankis, sino un apuesto caballero, rodeado de una corte celestial, que aguarda la llegada de una doncella para liberarse de una antigua maldición. Su mundo ha perdido toda connotación diabólica y recuerda de algún modo al luminoso reino de los elfos, ideado por Tolkien en «El señor de los anillos».

La estética del espectáculo respalda ese criterio y, tanto el diseño de luces como los efectos de sonido y la abundancia de humo, logran transportar al público a un ambiente mágico. Son recursos, si se quiere básicos, para una comedia musical, pero en este caso se integran muy eficazmente a los contenidos de la obra.

La historia de amor que surge entre el fantasma y Virginia (la adolescente norteamericana) es una novedad que no traiciona al texto original. El torturado fantasma sufre por esta jovencita como lo hacía el monstruoso príncipe de «La Bella y la Bestia», pero su planteo existencial va más allá del conflicto amoroso.

Las melodías de
Angel Mahler subrayan el intenso romanticismo de la pieza, generando un interesante contraste entre el bullicioso y colorido universo norteamericano y el armonioso refugio fantasmal. Aun así, la falta de recitativos en toda la obra hace que se pierdan algunos parlamentos y que luzcan mucho menos graciosos los episodios de humor.

En cambio, las escenas «serias» resultan un verdadero remanso. Una de las más festejadas por el público es la que responde al tema
«Horrible es no amar», donde se luce especialmente Adriana Rolla (la gobernanta rusa). El resto del elenco se desempeña con notable entusiasmo en el marco de una historia dinámica, bien contada y con un fuerte magnetismo visual.

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