10 de septiembre 2001 - 00:00
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Leonardo Da Vinci, El Greco, Velázquez, Rembrandt establecieron la imagen de Jesucristo como la de un hombre de pelo castaño claro, largo y ondulado, ojos claros, tez blanca y complexión delgada, muchas veces al extremo. El equipo de la TV británica que trabajó en la investigación, que llevó dos años y costó más de 2 millones de dólares, consideró que esa imagen debía de estar muy lejos de la realidad de un judío de hace 2000 años, que había vivido en las ásperas condiciones de su tiempo, junto al desierto y bajo un sol muchas veces abrumador.
Especialistas
El reto de «encontrar el verdadero rostro de Jesús» siguió sumando científicos. El arqueólogo Joe Zygas inspeccionó un cementerio descubierto durante la construcción de la carretera en Jerusalén. Una vez probado que los esqueletos allí incluidos pertenecían a judíos, por la forma en que estaban alineadas las tumbas y los objetos esparcidos por el terreno, el equipo de investigadores fechó con técnicas químicas la excavación hacia el siglo I de nuestra era.
Zygas estableció, entre los existentes, el cráneo más representativo y se lo envió a Neave, quien comenzó su labor utilizando tecnología digital de punta y teniendo en cuenta, a la vez, los rostros de Cristo que aparecen en frescos del siglo III que están conservados en Siria e Irak. Así surgió un Jesucristo de piel morena, cabellos rizados y cortos, rostro robusto y una nariz abultada.
«Fue un shock ver el rostro por primera vez», confesó Bragard, y agregó: «La arqueología y la ciencia anatómica arrojan más luz que el arte sobre el posible rostro de Cristo. Pero, además, los Evangelios han ganado en credibilidad con los descubrimientos que refuerzan la historicidad de Jesús». La nueva imagen de Cristo, establecida en su etapa final por computación, fue elegida por el semanario norteamericano «National Catholic Reporter» para tapa de su edición especial de fin del milenio.
Según el coproductor de la serie, Michael Wakelin, «gracias a reunir nuevos descubrimientos científicos y arqueológicos con una revisión de la historia de los Evangelios, pudimos ofrecer una original historia de Jesús». Es en este aspecto que el notable ciclo enfrenta la creencia común de la vida y muerte de Jesús. Y si el nuevo rostro de Cristo provoca controversias, otras revelaciones científicas e históricas de este trabajo excepcional no han dejado de ser polémicas y casi revolucionarias.
Sorpresas
Las sorpresas que deparan estos tres programas (divididos en «Los primeros años», «La misión» y «Los últimos días») son constantes. Hay reconstrucciones producidas de forma digital que permiten ver las ciudades donde nació Jesús, las que visitó por su trabajo de carpintero, las que recorrió en su tarea evangélica, el templo donde se enfrentó con los sacerdotes judíos o la barca que usaban los apóstoles cuando aún eran pescadores. Se verá, por ejemplo, a Nazareth en plena actividad, una ciudad con edificios, con la gente atareada como es común en una urbe.
También se recrea el lugar donde nació Jesús, que no fue un pesebre, sino una casa de dos plantas, con un sector bajo, una especie de cueva, donde había animales.
Se considera que en un lugar así no podían estar solos María y José, que el parto debió ser ayudado y, por lo tanto, hubo otras personas.
Se recuerda que ya en los Evangelios se menciona a los hermanos y hermanas de Cristo, que según este programa fueron seis, dos mujeres de las que se ignoran sus nombres y cuatro varones que se mencionan: Jaime, Judá, José y Simeón. Entre ellos, Jaime fue un caudillo político de carácter mesiánico. Otra de las muchas revelaciones es que, según avanzados estudios astronómicos, la Estrella de Belén que señaló el nacimiento de Jesús, en realidad fue el planeta Venus, que se vio brillante gracias a una infrecuente alineación de planetas y un eclipse de luna.
Esa alineación planetaria explica la presencia de los Reyes Magos, que gracias a los Rollos del Mar Muerto se puede deducir que eran astrólogos de Babilonia que buscaban el nacimiento de un nuevo rey en Belén, según lo habían leído en los cielos.
La astronomía actual y los trabajos de altas matemáticas han permitido saber que, según aquella configuración astral, en realidad Cristo habría nacido 6 años antes del siglo I de nuestra era. Esta nueva fecha cambia, a la vez, en seis años la de su muerte, la del momento de la Crucifixión.


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