28 de septiembre 2004 - 00:00

Inauguran la filial en Neuquén de Bellas Artes

Frente de la sede del Museo de Bellas Artes en Neuquén, que venía funcionando desde hace tiempo pero que fue oficialmente inaugurado el pasado 12 de septiembre.
Frente de la sede del Museo de Bellas Artes en Neuquén, que venía funcionando desde hace tiempo pero que fue oficialmente inaugurado el pasado 12 de septiembre.
La inauguración de la sede del Museo de Bellas Artes en Neuquén no sólo es la concreción de un proyecto sino un modelo digno de imitar en otras ciudades del país. En el acto del domingo 12 de septiembre hablaron el gobernador de la provincia, Jorge Sobich, el intendente de Neuquén, Horacio Quiroga y el Secretario de Cultura de esa ciudad y director de la nueva sede, Oscar Smoljan. También obreros de Zanón y piqueteros hicieron de las suyas pero no pudieron desvirtuar el acto.

Entendiendo que la difusión y promoción de las artes visuales no deben focalizarse exclusivamente en Buenos Aires, este proyecto empezó a tomar forma en 1994. Se plantearon asociaciones con gente de la cultura y la política, de distintas extracciones, en ciudades como Rosario, Santa Fe, Mar del Plata, Tucumán, Córdoba y Neuquén. En el caso de Córdoba, se consiguió un gran galpón de cuatro mil metros cuadrados frente al río Suquía.

El proyecto para el reciclaje fue realizado por los jóvenes arquitectos Atelman, Fourcade y Tapia, ganadores del Concurso para el Museo Malba. Lamentablemente no se llegó a renovar el edificio por problemas en la Municipalidad, aunque sí se presentaron dos muestras importantes, Julio Le Parc y la I Bienal de Arte que se habían expuesto en Buenos Aires.

Entre 1999 y 2003, además de estudiar las bondades del terreno, las posibilidades materiales y generar las bases para el concurso, se presentaron en Neuquén exposiciones que se habían ofrecido en Buenos Aires: Julio Le Parc (después de su exhibición en Córdoba); Rembrandt; los Grabados de Goya; pinturas del artista ecuatoriano Oswaldo Viteri y de Luis Tomasello, singular artista argentino que vive en Francia hace cuatro décadas.

Ya hace más de diez años, Thomas Krens, director del Museo Guggenheim de Nueva York, planteó nuevas sedes para su museo. En primer término, contrató a uno de los creadores más reconocidos de la arquitectura de hoy, Frank Ghery, para la ciudad de Bilbao, que multiplicóveinte veces el turismo de la ciudad con su gran edificio. Lamentablemente no se construyeron las propuestas encargadas a Hans Hollein en Salzburgo, y a Jean Nouvel en Rio de Janeiro.

El museo no sólo expone obras de arte; el museo se expone como obra de arte totalizadora, y no sólo aporta a la democratización de la cultura, sino que se suma a la educación de sus visitantes, que dialogan con él. Esta sede en Neuquén es el primer caso de una convocatoria para construir un museo de arte en la historia de la Argentina. A fines de 2002 se realizó el llamado a licitación pública. La propuesta de Mario Roberto Alvarez fue seleccionada para el edificio que está ubicado en el medio de los extremos del parque central de la ciudad, sobre la avenida Mitre. Líneas puras configuran planos que flotan suspendidos sobre espejos de agua, marcados por piedras bola del lugar, definiendo la volumetría del museo y su extensión sobre el parque. El auditorio (en el área central) y el restaurante lo continúan espacialmente.

Sobre el espacio exterior están previstas actividades culturales al aire libre. Los espacios verdes, el agua y las piedras generan la percepción de una especie de levitación de la estructura primaria del edificio, muy simple, pero muy poética. El gran maestro de la arquitectura argentina no deja de sorprender. Su idea ha planteado al museo como un verdadero hito urbano, una unidad espacial que abarca la totalidad del área del parque central al entenderlo como un símbolo de la ciudad.

El museo, de aproximadamente 2000 m2, recibió, entre otras, obras de
Toulouse, Manet, Sorolla, Anglada Camarasa, Figari y de argentinos ilustres como Prilidiano Pueyrredón, Cándido López, Spilimbergo y Berni. En ocasión de su muestra hace dos años, Tomasello regaló un magnífico mural ubicado en la entrada, que se enfrenta con otro donado por Raúl Lozza. Estos dos grandes trabajos completan estilísticamente el modernismo de la obra. «Tratamos de dar respuestas simples a requerimientos complejos», dijo Alvarez. Esa simplicidad es, por cierto, la de una conciencia lúcida que gobierna un espíritu de alto voltaje creativo. Por eso su modernismo no es un congelamiento de tipologías, invariable en el tiempo, sino una búsqueda apasionada de una arquitectura creativa. Se trata de un gran espacio digno de cualquier importante institución europea o norteamericana. Un modelo, como se dijo, para ser seguido por otras ciudades del país.

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