«Orquesta de Cámara Kremlin». Dir.: M. Rachlevsky. Obras de Rossini, Shostakovich, Bach y Tchaicovsky. (Teatro Avenida, 22/. Festivales Musicales).
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Esta presentación de una orquesta de once miembros en uno de los abonos más exigentes del ambiente melómano resultó desconcertante, con un director de gesticulación exagerada al que los músicos preferían no mirar para no confundirse, y sin conocer que una cosa es caer en gracia y otra hacerse el gracioso.
Comenzaron con la Sonata N° 5 en Mi Bemol Mayor compuesta por Gioacchino Rossini cuando tenía 12 años, una obrita que tiene su encanto, pero que estos músicos tocaron con evidente desinterés, como si sirvieran un aperitivo. El plato fuerte sería la Sinfonía de Cámara Op. 110 bis de Dimitri Shostakovich (ampliación del Cuarteto con el mismo número de opus) tocado con la debida densidad y con elocuencia, sin quebrar la férrea dialéctica instrumental camarística que el compositor supo im primir. Pero la atmósfera «de gran desesperanza que embargará al público al finalizar el último movimiento» era un objetivo que no se alcanzó, aunque se haya tomado la precaución de impedir el aplauso y agregarle el «Contrapunctus I» de «El arte de la Fuga» de Bach. En fin, todo muy pretencioso.
En la segunda parte hicieron la Serenata para cuerdas en Do Mayor Op. 48, versión anodina como pocas que en el «Valse» llegó a la vulgaridad. Como bis tocaron una insulsa «Chanson triste» de Kalinikov y un circense «Vuelo del Moscardón» de Rimsky-Korsakoff.
El director Rachlevsky hizo un discurso en defensa de la «seriedad» de su conjunto y se largó con un «mix» que arrancó con la Quinta Sinfonía de Beethoven, siguió con «La Campanella» de Paganini y la popular «Hava Naguila», incitando al público a palmear rítmicamente, como si fuera una orquesta de animación de fiestas sociales. A.L.I.
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