Los hombres de origen desconocido pasan sus días dentro de una pecera, convertidos en mascotas de una familia de gigantes. Aunque sólo se escuchan sus voces, resulta muy fácil identificar la presencia ligeramente hostil de un matrimonio y sus dos pequeños hijos. Ellos son los caprichosos propietarios de estos «carnecitos», a los que hay que alimentar como a cualquier otro animal doméstico.
El individuo más joven (Diego Starosta) está demasiado acostumbrado a la pecera; para él, ése es el mundo real y no le cuesta nada aceptar a una simple sirena de utilería como destinataria de sus afectos. Los recuerdos de su vida «en la superficie» le resultan demasiado vagos e inciertos como para querer escapar.
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En cambio, para su compañero (Francisco Nápoli), la pecera no es más que un pobre sucedáneo de la vida real, algo que atenta contra su identidad y su memoria y que en cierta manera lo convierte en un muerto en vida. El esfuerzo que hace para recuperar fragmentos de su pasado, así como su cuidadosa defensa del lenguaje y de ciertos hábitos hoy olvidados, lo convierten en maestro y tutor del muchacho. Hasta que la llegada de un tercer «carnecito» mortalmente herido ( Hernán Giménez) termina por romper el delicado equilibrio de la pecera.
El episodio parece extraído de algún capítulo de «La dimensión desconocida», pero el malestar que transmite no tiene que ver con lo siniestro, sino con una inquietud de orden metafísico afín al universo literario de Kafka, con el que la obra presenta varios puntos de coincidencia. Por ejemplo, esa extraña fusión humano-animal de la que se sirve la autora y directora Eva Halac para ironizar sobre los enigmas de la condición humana.
Es evidente que ha preferido no ahondar en sus personajes ni en los conflictos latentes en la obra, pero esto hace que la acción parezca estancada en un mismo punto, incorporando apenas sutiles variaciones que no siempre logran mantener la adecuada tensión dramática. No es la primera vez que Halac toma como modelo al autor de «La metamorfosis». En el '98, dirigió «El deforme», una versión de «Informe para una academia», conocido relato de un chimpancé en voluntario proceso de humanización.
La directora no se ocupó de definir simbolismos, prefirió dejarlos librados a la capacidad de asociación libre del espectador. Contó, para ello, con una ambientación muy sugerente de Marcelo Valiente y un elenco de expresivos intérpretes.
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