22 de septiembre 2003 - 00:00

Inquietante y audaz cruce de lenguajes en el Malba

El programa «Contemporáneo» del Malba, destinado a exhibir la producción emergente y erigirse como plataforma de discusión del arte más actual, inauguró dos muestras la semana pasada: «La toma», intervención de Cristina Schiavi en la arquitectura, y «Sed», obra multidisciplinaria de Marta Ares y Leo Battistelli, artistas convocados para trabajar conjuntamente -con buen criterio, dadas sus afinidadespor la curadora Adriana Lauría.

La exhibición es un excelente ejemplo de la hibridación de lenguajes artísticos de nuestro tiempo, donde se cruzan el dibujo, la escultura, el video, la literatura y el diseño. Schiavi eligió un lugar estratégico para su intervención: el ascensor con vista panorámica del Malba desde el que se divisan las tres plantas del edificio. La artista obstruye agresivamente la visión: cubre la superficie exterior transparente con un revestimiento marrón idéntico al de sus «Construcciones», que realizadas con cajas de cartón se erigen como una clara referencia a las viviendas precarias de los cartoneros.

Luego, en abierta contradicción con ese «estilo cartonero», perfora la superficie de esa torre marrón con los coloridos círculos y óvalos transparentes que ofician de mirillas, cuyo diseño evoca los vidrios esmerilados de la arquitectura déco que prosperó en la Argentina durante la década del 50.

La disparidad estilística que conjuga Schiavi en su obra reitera la que se establece entre la magnífica arquitectura del Malba y la de su entorno, las construcciones de la Villa 31 ubicada en uno de sus flancos.

Aunque nada autoriza a decirlo, la monumental obra que domina el lobby podría ser un llamado de atención, y sin embargo, su gracia reside en la ambigüedad del mensaje, en el refinamiento del planteo. Ares y Battistelli también intervienen en la arquitectura del Museo, la desbordan y despliegan sus brillantes obras sobre los árboles que están en la vereda. El término «Sed», título de la muestra, « sensación subjetiva que produce la carencia de agua» (según el Larousse), no puede estar mejor aplicado para referirse al ansia creativa y otro tipo de deseos, fundamentalmente a una utópica recomposición de la armonía entre el hombre y la naturaleza.

Aspiración con reminiscencias neorrománticas que se expresa en la maqueta de un charco dorado, un paisaje de juncos bajo un globo luminoso que semeja el sol, que habla de la nostalgia que suscita ese paraíso quieto y provinciano. Con otro tono y como contrapartida a ese mundo estático, figura una exuberante laguna que derrama sus aguas color turquesa pletóricas de huevas, algas y plantas acuáticas donde late la vida, y que exalta también la plenitud de la naturaleza, subrayada por un monitor que se mimetiza con el paisaje.

Las obras ostentan el espíritu de los años 90, presente en su «belleza» ornamental, en la estetizaciónde las formas que invadenla sala con la espontaneidad de un gesto poético. Gesto que, por otra parte, se aleja del texto crítico de la curadora. Si bien en una de las paredes,
«Plasma» exhibe fotos, dibujos y frases que se refieren directamente a las lágrimas, la sangre y la muerte que inundó el Río de la Plata en la década del 70, y además, coincidiendo con esa obra, «Globo terráqueo» muestra un mundo cuadrado y racional con amenazantes máculas negras, la exposición pareciera no compartir el espíritu del texto que la presenta.

A partir del episodio de Lago Escondido,
Lauría formula un alegato que alienta a defender los «derechos soberanos» sobre nuestras reservas de agua potable, y nos previene sobre los riesgos que engendra la «codicia» de otros estados. Pero, como si le hubieran hecho una zancadilla al rigor de las cuestiones políticas, los artistas dan rienda suelta a su inspiración poética en versos y obras, como la tentadora y significativa fuente llena de caramelo rojo que los visitantes pueden llevarse a la boca, para paladear -literalmentela dulzura del arte en una muestra que es en muchos sentidos deliciosa.

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