17 de noviembre 2006 - 00:00

Izcovich acierta ahora con sus propios textos

Los actores de «Todos hablan» (entre ellos, la propia autora y directora Irene Izcovich),pasan con gran convicción de la risa al llanto, del patetismo al delirio y del dolor a la esperanza.
Los actores de «Todos hablan» (entre ellos, la propia autora y directora Irene Izcovich), pasan con gran convicción de la risa al llanto, del patetismo al delirio y del dolor a la esperanza.
«Todos hablan» de G. Izcovich. Int.: J. Catalá, G. Izcovich, A. Martín y W. Jacob. Dir.: G. Izcovich y C. Zaccagnini. Esc.: A. Alonso. Mús.: I. Barenboim. Ilum.: M. Acha. (La Carbonera.)

La pérdida del amor, la muerte de alguien querido, el pasado que compite con un presente menos feliz son algunas de las circunstancias que rodean a «Todos hablan», la nueva pieza de Gabriela Izcovich basada en siete cuentos propios. La actriz y directora está habituada a llevar a escena textos de otros narradores («Nocturno Hindú» de Antonio Tabucchi, «Intimidad» de Hanif Kureishi, «Terapia» de David Lodge y «La Venda» de Siri Hustdvedt) y su notoria habilidad para generar ambientes y situaciones fácilmente identificables le ha permitido liberarse de todo lastre literario.

Ya es una marca de estilo que sus actores coman y fumen en escena, escuchen música, compartan tragos, se acuesten a dormir, vayan al supermercado, asistan a una sesión de psicoanálisis o manifiesten sus conflictos por teléfono. Estos retazos de cotidianeidad hacen que el entramado de afectos y soledades que se despliega ante el público resulte más palpable y verosímil e incluso parezca más afectado por el paso del tiempo.

Si bien algunas historias no ofrecen más que una simpática pintura de personajes (el diálogo entre dos ancianos desmemoriados a cargo de Alfredo Martín y Walter Jacob o el hombre que discute por teléfono con su ex mujer, interpretado también por Jacob); otras, en cambio, despliegan una variada paleta de emociones y sentimientos. Entre ellas se destacan el conmovedor monólogo que una mujer (Izcovich) le dedica a su abuelo y el caso de una joven viuda (Julia Catalá) que estalla de dolor en el momento más inesperado.

En «Todos hablan» cada escena se funde en la siguiente como en un montaje cinematográfico lo cual obliga a los actores a cambiar de ubicación, vestuario y elementos escenográficos a toda velocidad y sin que el público lo perciba. Los cuatro intérpretes pasan de la risa al llanto, del patetismo al delirio y del dolor a la esperanza con gran convicción y naturalidad.

El acogedor espacio de La carbonera con sus paredes de ladrillo a la vista (herencia colonial) y su entrepiso abalconado contribuye a multiplicar estas vidas cruzadas sin que ninguna pierda intimidad.

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