31 de enero 2001 - 00:00

"Jamás los editores habían hecho pedidos tan descarados"

Pablo Urbanyl.
Pablo Urbanyl.
Si bien nació en Hungría, en 1939, el escritor Pablo Urbanyi, que llegó a nuestro país cuando tenía 7 años, se siente esencialmente argentino, y esto a pesar de que hace mas de 25 años que vive en Canadá. En la Argentina fue vendedor de libros, actor y director de teatro y, finalmente, periodista en el diario «La Opinión». A partir de 1972, con los cuentos de «Noche de revolucionarios», inició una carrera literaria, que hoy suma una decena de novelas, varias de ellas traducidas al inglés y al francés.

Desde sus primeras obras, fue destacado como un narrador valioso e inclasificable, que domina con igual calidad los más diversos géneros literarios, entre ellos, la narración realista, el relato fantástico, la novela policial, la fabulación utópica cercana a la ciencia ficción, la parodia posmodernista. Urbanyi estuvo en Buenos Aires para revisar la segunda edición de su reciente novela «2058, en la Corte de Eutopía», y aprovechamos para dialogar con él.

Periodista: Habiendo logrado un éxito en la novela policial con «Un revólver para Mack», ¿por qué en cada libro buscó un género distinto?


Pablo Urbanyi:
Si los escritores supieran por qué hacen las cosas, quizás escribirían libros mejores. En mi caso, el tema me impone el género, la estructura narrativa. Nunca ha habido una intencionalidad previa. Lo que suele ocurrir es que los críticos encarcelan a un autor dentro de un género, y luego resulta muy difícil salir a la libertad, ser totalmente libre al ponerse a contar un historia.

P.: ¿No tuvo pedidos de editores para que escribiera otras novelas policiales?


P.U.:
Varias propuestas distintas. Es que, además, algunos críticos en aquel momento, a comienzos de los años '70, me definieron como un gran narrador de novelas policiales. Pero yo escribí «Un revólver para Mack», se publicó, dije punto y no pensé más en novelas policiales. No sé si estuvo bien o mal, sé que fue así. Imagino que si hubiera aceptado hacer una serie de policiales, hubiera ganado más que trabajando en el diario «La Opinión».

P.: Así fue pasando de género en género hasta llegar a la ciencia ficción, en su reciente novela «2058, en la corte de Eutopía», que tiene una nueva edición ahora.


P.U.:
Puede verse como ciencia ficción, a mí me interesó expresar algunas ideas, hablar de la corrupción de la literatura, de los intelectuales y, obviamente, de la política. No exactamente de lo que ocurre en la Argentina, porque es una situación más general, y al estar instalado en Canadá, conozco mejor lo que ocurre en el extranjero. Me planteé qué puedo esperar para mis hijos y nietos de estos políticos y de estos intelectuales, si es que hay un futuro, porque el tema de la muerte de la Tierra es la primera vez que se presenta y de forma dramática.

P.: Con el fin del siglo y del milenio aparecieron obras previsiblemente apocalípticas, usted fue más lejos, estableció su fantasía en lo que podría ocurrir en el año 2058...


P.U.:
Dejé de lado esos temas un poco obvios que, más que supersticiones seudorreligiosas son supersticiones literarias, formas de la fantasías cuando se supone que algo se acaba, me interesaron otros problemas. Por ejemplo, que como vivimos en democracia y todas son opiniones, terminamos no sabiendo nada.

P.: Sus novelas no están situadas en un determinado lugar y, si bien hay detrás la prosa de un argentino, pareciera que utiliza cualquier geografía que le viene bien para su historia...


P.U.:
La elección es muy libre, como en el caso de los géneros narrativos. «Silver» es una novela que transcurre en parte en los Estados Unidos y en parte, en una Africa imaginaria. Con «Puesta de sol» volví a la Argentina, a un Buenos Aires escrito desde la distancia, desde Canadá. «2058...» ocurre en el futuro en Madrid. Mi novela policial «Un revólver para Mack» es la única que sucede plenamente en la Argentina...

P.: Pero, al mismo tiempo, el género novela negra y el nombre evocan a los Estados Unidos, otra forma de literatura. Pareciera que usted elige traicionar las reglas del género de su historia...


P.U.:
Y si no se traicionan las reglas, ¿cómo se consigue lo nuevo? Son traiciones para seguir alimentando la fidelidad.

P.: ¿Esa considera que fue la actitud de Borges?


P.U.:
Al mismo tiempo que se aventuraba en lo nuevo, se mantenía en el canon, estaba pegado al pasado. Es probable que ésa haya sido una intención consciente. Su deseo, muy humano, fue ser inmortal. Temo que, por no haber entrado en el purgatorio, en el que cae todo escritor que muere, y haber pasado directamente al paraíso de la consagración, se crea que hay una continuidad de Borges, y Borges, como persona, ya no existe. Creo que ha faltado una valorización que nos permita saber hasta dónde aguanta Borges, y puede aparecer una saturación.

P.: ¿Le siguen preguntando sobre sus charlas con Borges?


P.U.:
Inevitablemente, porque alguna se publicó, pero a mí eso ya me tiene un poco cansado esa curiosidad. Tuve dos tipos de charlas, una por obligación de trabajo, las otras en el tiempo libre que tenía Borges. Conviene recordar que Borges durante un tiempo, desgraciadamente, fue un escritor denigrado por grupos que esparcían prejuicios sobre él. Mi primera charla con él terminó con aquellas ideas. No me interesa si aquella vez me ganó con su picardía criolla, me importa que me impuso respeto por la seriedad de su labor intelectual, por la clara conciencia del trabajo que realizaba. Me quedó grabada para siempre su voz diciéndome: «Urbanyi, nunca escriba lo que no lo llama». Creo haber sido fiel a esa premisa.

P.: Esa idea se contrapone a la actual imposición de temas a los narradores por parte de los editores o la imposición de que publiquen nuevas obras en plazos predeterminados...


P.U.: Jamás los pedidos han sido tan descarados. He encontrado escritores que pavonean su orgullo porque una editorial le pidió una novela histórica, yo me quedo pasmado porque ése no es el género que mejor manejan o que sé que le gusta escribir. Considero que la aceptación que realizan es una falta de respeto a sí mismo, al público y a la literatura. Esa literatura que nos enseñó a respetar Borges, y tantos otros antes y después de él. No sé si esa manipulación va a durar, pero me siento bastante pesimista sobre el futuro de la literatura.

P.: ¿Cómo sabe cuando un tema lo llama?


P.U.:
Se va dando. Cuando escribí «Un revólver para Mack» estaba de moda la novela negra, el policial, y quise entrar de una manera irónica, o sea: contra la moda. En el caso de «2058...» primero apareció la pregunta: ¿qué diablo pasa que tenemos más difusión de la cultura que nunca y somos más ignorantes que nunca, que cada vez hay más enseñanza y más ignorancia? Fue entonces que elegí el lugar: Europa, porque es el modelo cultural de Occidente. Los cuestionamientos que hago en la novela me hicieron recibir cartas muy agresivas de algunos estudiosos alemanes por cómo mostraba la decadencia cultural. También hubo esquelas halagadoras que me pidieron los derechos para traducir la obra al alemán.

P.: ¿Cómo se ve la literatura argentina desde Canadá?


P.U.:
Desde Canadá no se ve, y tampoco creo que se vea desde los Estados Unidos.

P.: ¿Ni siquiera los grandes nombres: Borges, Cortázar, Bioy?


P.U.:
A ellos se los conoce en ciertos círculos y con limitaciones. En los círculos prácticamente se conocen no sólo Borges o Cortázar, sino también a Puig, Bioy, Sábato, Marechal. En fin, todas las figuras más internacionales. Pero es fácil ver cómo empujan los mexicanos para tener departamentos en las universidades dedicados a su literatura más reciente, no sólo a clásicos como Octavio Paz.

Un fenómeno interesante es cómo ha bajado el nivel de exigencias de los profesores, hoy prefieren colocar como libros de estudio «Como agua para chocolate», «Arráncame la vida» o «Eva Luna», antes que obras de una literatura más exigente.

Se los destaca por algún rasgo que los singulariza y justifica, por ejemplo, la literatura femenina latinoamericana. Esto hace que ciertos escritores nuestros que podrían ser internacionalmente más valorados no aparecen. Habría que ver también si nuestros escritores actuales pueden ser internacionales como algunos creen, sin tomar en cuenta la valoración que se realiza desde otro lugar, qué pasa con la obra traducida a otro idioma y teniendo que competir con los autores de ese país.

Un caso paradigmático es el de los Estados Unidos, un país que cuenta con escritores de sobra para cubrir todos los géneros que quieran publicar las editoriales. Allí ya no se busca un escritor original, sino uno que venda. En los casos de escritores selectivos, las ediciones son chicas, de 500 o 1.000 ejemplares, tanto en los Estados Unidos (por lo general, a través de instituciones académicas) como en Inglaterra o Francia. De «Silver» en francés me editaron 500 ejemplares para Québec y 500 para Francia, y ahí se terminó todo.

P.: En el caso de las editoriales europeas, ¿lo que buscan con esas ediciones chicas es apropiarse de un determinado autor para su catálogo?


P.U.:
Aún los editores europeos piensan «este tipo no me puede faltar», que les conviene tener a ciertos latinoamericanos. Eso a los editores norteamericanos mucho no les preocupa. Tienen obras de Manuel Puig, porque interesan a grupos académicos o a sectores homosexuales, pero sobre todo porque se hizo en cine y en Broadway «El beso de la mujer araña», pero en este momento, ya es como si no hubiera existido. Por otra parte, en el pasado, en la literatura argentina había escritores que trascendían, que podían alcanzar lo que Semprún definió como «esa caja de resonancia de la fama» que aún es París.

Pero, importa esto cuando hay una pregunta más acuciante: ¿les va a seguir interesando la literatura, como obra escrita, como libro, como narración en palabras, a las generaciones futuras? En este momento, en que estoy retrabajando tres novelas que ya tengo escritas, a cada paso pienso ¿vale la pena seguir pensando en la literatura? Afortunadamente como no vivo de mis libros, ni de los libros de otros, me puedo dar el lujo de intentar hacer ese balance.

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