La explosión del jazz en la Argentina, sobre todo en Buenos Aires, con la abultada llegada de artistas internacionales que promete continuar con la misma fuerza durante 2001 (ya están aseguradas, por caso, las visitas de Dewey Redman, Jacques Morelembaum, Roy Haines, John Patitucci, Michael Brecker y Charlie Haden para el primer semestre del año) produjo un doble efecto sobre este género en su versión local. Por un lado, se incrementaron los lugares para tocar y el interés del público por acercarse también a esos lugares a escuchar a los músicos argentinos.
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Pero por otro, se ha elevado considerablemente el piso estético, lo que está dejando en evidencia los límites que tienen algunos artistas. Miguel Angel Talarta es un buen trompetista y fliscornista. Tiene un buen sonido, se rodea de una banda grande con muchos invitados y ofrece una actuación agradable. El problema -que no es exclusivamente suyo, como decíamos al principioestá en la escasa originalidad de su discurso.
Toca baladas, temas más rítmicos o «standards» de jazz y no lo hace mal. Pero la cuestión es que tanto en los arreglos grupales como en los solos, deja al espectador la sensación de haber escuchado las mismas cosas mucho antes.
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