30 de mayo 2002 - 00:00

Jodie Foster, en un festín para paranoicos

Escena film
Escena film
«La habitación del pánico» («Panic Room», EE.UU., 2002, habl. en inglés). Dir.: D. Fincher. Guión: D. Koepp. Int: J. Foster, F. Whitaker, K. Stewart, J. Reto, D. Yoakam.

N o bien empieza esta película, se reconoce la caligrafía esteticista de David Fincher. Mediante vertiginosos y elaborados movimientos de cámara, el director de «Pecados capitales» y «El club de la pelea» incluye al espectador en el tour por la imponente casa que se dispone a comprar Meg ( Jodie Foster) para habitar con su hija prepúber ( Kristen Stewart). Son tres pisos con ascensor propio y una habitación blindada (la del pánico del título) que el dueño anterior mandó a construir antes de morir, impulsado por una paranoia que pronto se demostrará razonable. Por lo pronto, al conocer ese cuarto, Meg se acuerda de Poe.

Cuando madre e hija se mudan al nuevo hogar, ya se sabe que la mujer viene de un reciente divorcio que aún la hace llorar por los rincones, pero al menos la dejó en una posición económica envidiable. Cansada de la mudanza y demasiado amargada como para ocuparse de cosas prácticas, la primera noche Meg se va a dormir sin ocuparse de poner en funcionamiento los complejos mecanismos de seguridad a su disposición. Error. Cuando despierta para ir al baño, ya hay tres hombres deambulando por su casa. Naturalmente, es una noche tormentosa.

Para esa altura también se sabe que el nieto del difunto (Jared Leto) contrató a dos marginales para cierto trabajito «fácil» complicado por la presencia de las nuevas habitantes; que uno de sus secuaces ( Forest Whitaker) es un hombre pacífico reclutado por haber sido quien construyó el cuarto-fortaleza inexpugnable y que a éste lo horroriza ver al tercer asaltante encapuchado y armado. Los hechos probarán que no le faltaba razón. Si todo esto le suena lector, probablemente es porque vio «Horas desesperadas» de William Wyler (1955) o quizás la de Michael Cimino (1990).

Como se comprenderá, lo primero que hace Meg es meterse con su hija en la «habitación del pánico» dispuesta a no salir de ahí hasta que los maleantes abandonen la casa, pero ellos tienen otros planes. Lo que sigue es un juego de gato y ratón con varios participantes, pero en el que los principales contendientes son Foster y Whitaker (hasta la niña es más inteligente que los otros dos vándalos). Lo cual es una suerte para el director, porque son quienes sostienen la tensión y la módica verosimilitud de su película.

Jodie Foster
se adueña bien de un papel que fue escrito para Nicole Kidman, además de esforzarse para ocultar varios meses de embarazo. A diferencia de su personaje en «El silencio de los inocentes», por ejemplo, Foster encarna aquí a una mujer débil (tiene incluso tendencia a la claustrofobia), cuya única razón para «no enloquecer» es mantener con vida a su pequeña hija diabética. Al respecto, el guión ofrece unos pasitos de comedia entre ambas y también entre los improvisados atracadores, aireando un poco una historia que se desarrolla en un único escenario y en unas pocas horas.

Cosas como ésa y el oficio de Fincher hacen que la película -que en sus momentos más ingenuos recuerda más a «Mi pobre angelito» que a «Horas desesperadas»-, resulte entretenida.

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