18 de febrero 1999 - 00:00

"JONAS Y LA BALLENA ROSADA "

H ace mucho tiempo, el profeta Jonás fue conminado a predicar en un pueblo aborrecible. Escapando de su deber, se lo tragó una ballena, que lo vomitó recién cuando él se hubo arrepentido de su desobediencia. Hace menos tiempo, José Wolfango Montes Vanucci escribió la novela que ha inspirado a esta película, con un Jonás que tampoco tiene ganas de predicar, y está en el vientre de una ballena, o más de una.
Ambientada en Santa Cruz de la Sierra, lugar de narcos y de hermosas mujeres, durante la hiperinflación de 1984, «Jonás y la ballena rosada» muestra a un joven docente de un liceo de señoritas, que vive a costillas de su familia política, y entre sus costillas, medio asfixiado por un suegro mersa y funebrero, la suegra, que ni hablar, y la mujer histérica. En ese espacio, la cu-ñadita esquizoide será motivo de liberación, de amor, de locura y de alguna otra cosa todavía más concreta.

 Adaptación

El cineasta debutante Juan Carlos Valdivia supo exponer todo esto mediante una adaptación bien armada, con diálogos sabrosos y un casting inesperado de mujeres gratamente hermosas, una ambientación y una fotografía excelentes, una música mordaz y el tono justo. Ese tono es deliberadamente menor, irónico, y bastante erótico en su primera parte, y crecientemente serio, pero siempre irónico, en la segunda, donde, por ejemplo, la policía confunde a nuestro héroe con «un narco argentino que se hace pasar
por boliviano, a quién se le ocurre».
Algunas son ironías muy finas, como la coincidencia entre las máscaras mortuorias egipcias y las máscaras de belleza que se ponen la suegra y la esposa, o como la mirada seductora que se cruzan una empleada doméstica y un gordo con metralleta, totalmente ajenos a la discusión que en ese momento sostienen sus respectivos patrones.
Otras son más directas y se manifiestan en frases como «mis muchachos están en las mejores cárceles del mundo» (un narco), o «¡es mi obligación de ciudadano!¡Fomentar el desarrollo y hacer que las divisas de esta gente sean bien utilizadas!» (un comerciante que blanquea dinero narco). Por supuesto, a diferencia de la historia bíblica, aquí no habrá ninguna predicación.
Bolivia hace un cine esporádico. Pero atendiendo el nivel de esta película, la gracia de «Cuestión de fe», y la de «El día que estalló el silencio», con el argentino Darío Grandinetti queriendo hacerse la América en Bolivia, es un cine que conviene atender debidamente.

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