Hacia 1959, el Informalismo irrumpe en el panorama plástico argentino como reacción contra el racionalismo geométrico, la belleza , el buen gusto y en coincidencia con su auge tanto en EE.UU. como en Europa. Integraron el Movimiento Informalista Enrique Barilari, Fernando Maza, Alberto Greco, Mario Pucciarelli, Towas, Luis Wells y Kenneth Kemble.
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De Kenneth Kemble (Buenos Aires, 1923-1998) y su discípula, Silvia Torrás, (Barcelona, 1936- México, 1970) se reedita una muestra conjunta realizada en la Galería Peuser en 1961 además de una serie de obras que completan un período que, como en el caso de Silvia Torrás, llega hasta 1963. Gestuales, vitales, la tela para ellos se convierte en un campo de batalla, «lo que sucede en ella no es un cuadro sino un hecho», decía Clement Greenberg, uno de los popes de la crítica estadounidense que acuñó la expresión «Action Painting».
Sin embargo la pintura de ambos artistas no queda enrolada en la ortodoxia de esta clasificación debido, quizás, a cierto autocontrol expresivo. En el prólogo del catálogo se reproduce el fragmento de una crítica que describe la obra de Kemble como «formas fantásticas que vuelan, se retuercen o arrastran, algo así como animales en un mundo solitario y sombrío». Formas biomórficas, ominosas, sutiles transparencias con predominio de blancos y negros, chorreados.
Hoy, treinta años después, no lucen añejas. Por lo contrario, causan admiración. En primer lugar porque constituyen un ejercicio pictórico de gran contenido visual y en segundo lugar por su contenido emocional que lleva al espectador a regiones oníricas, por ende, misteriosas. Kemble se destacó por su actitud ante el arte en su continuada búsqueda expresiva. Rompió con gran inteligencia y coraje ciertos tabúes, también con el concepto de belleza y de la exquisitez formal estereotipada. Asimismo fue un constante renovador de su propia estética y demostró que el hombre también siente placer y satisfacción ante la destrucción.. Por eso, su «arte destructivo» presentado en la mítica Galería Lirolay sacudió al ambiente pictórico y logró la desacralización definitiva de la obra de arte. Silvia Torrás, por su parte, había estudiado en las Escuelas Manuel Belgrano y Prilidiano Pueyrredón antes de ingresar en el taller de Kemble. Como oposición a la pintura sombría de Kemble, en Torrás el color es vital; se desplaza por planos sobre la superficie, de repente se entrecruzan las pinceladas y aunque se titulen lacónicamente «Pintura I o II», tienen reminiscencias de románticos paisajes interiores. Es enérgica pero no llega al gesto furioso, el color y las formas penetran por su intensidad. Tampoco lucen añejas o «déja vu».
Importante muestra de obras que en su momento provocaban reacciones encontradas, distintivas de ambos artistas, hasta bellas -palabra que Kemble desdeñaría-porque son verdaderas. Museo de Arte Moderno (Av. San Juan 350). Clausura el 31 de Diciembre.
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