7 de marzo 2002 - 00:00
La aventura más rara de Stallone
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Escena del film
El lenguaje recio que utiliza el director del sanatorio -tipo «aquí tomaremos tus demonios por tal lado para patearlos en tal otro»- y la falta de seriedad general deberían alertar al amigo del protagonista, que al menos tiene el buen tino de quedarse en una cabaña cercana, es decir a cientos de kilómetros en medio de la tormenta de nieve. El bunker, viejo manicomio de las fuerzas armadas, es un lugar tan inhóspito que los primeros suicidios entre los internos no le deberían llamar la atención a nadie. Pero pronto -es decir cuando ya hay varios cuerpos congelados al lado de los bifes de la heladera- Stallone comienza a sospechar que algo no huele bien.
Para colmo, la presencia de un reparto con varios villanos secundarios de films muy conocidos -incluyendo a Tom Berenger, Robert Patrick y Stephen Lang- no ayudan a generar un clima amistoso.
Entendiendo que es imposible tomarse en serio una película como «D-Tox», hay que reconocer dos cosas a favor del director Jim Gillespie (el de «Sé lo que hicieron el verano pasado»): cuando el espectador ya da todo por perdido, el clima se vuelve lo bastante siniestro como borrar de su rostro la sonrisa burlona sostenida desde la primera media hora de proyección. Aún cuando se deba a lo absurdo del argumento o a la abundancia de malvados en el reparto, la verdad es que hasta que el guión no revela la identidad del villano, no hay modo de adivinar quién es el psicópata. Igual, más vale seguir con la intriga hasta que la editen en video.



