5 de julio 2002 - 00:00

"La boda real elevo el status del bandoneón"

Carel Kraayenhof
Carel Kraayenhof
A ntes que por su música, el bandoneonista holandés Carel Kraayenhof se reveló al público argentino masivo cuando interpretó «Adiós Nonino» en el casamiento de Máxima Zorreguieta y el príncipe Guillermo Alejandro. Sin embargo, tiene varios discos grabados al frente de su Sexteto Canyengue -integrado por músicos de su país- y es un viejo conocido de los artistas de tango criollos. «Antes que nada, yo soy de músico de alma», dijo Kraayenhof ayer a este diario, recién llegado a Buenos Aires, para debutar anoche en el Teatro Colón en el primer concierto de homenaje a Astor Piazzolla, al cumplirse 10 años de su muerte. Aun le esperan otras actuaciones y una mesa redonda sobre el bandoneón.

Periodista: Disculpe, pero hasta ahora al menos, para muchos argentinos usted es el músico holandés que tocó un tango de Piazzolla en el casamiento de Máxima Zorreguieta ¿Para usted qué significó ese momento?

Carel Kraayenhof: En principio, quisiera decir que fue una casualidad que yo estuviera allí. Máxima y Guillermo tenían la ilusión de que se tocara «Adiós Nonino» con músicos holandeses. El asunto es que casualmente me encontré con el director de orquesta Ed Spanjaard -con quien después hicimos el disco «Tango Royal»-, que ya venía haciendo cosas para la Casa Real, y me invitó a integrarme a esta actuación; porque además tampoco hay muchos bandoneonistas holandeses. Contestando a su pregunta, le diré que desde entonces, si quisiera, podría tocar todos los días. Me llaman permanentemente para presentarme en todas partes. Y hasta ha cambiado el status del bandoneón, al que se lo veía como un instrumento menor, porque se lo asocia, y con razón, con el acordeón o la concertina que se usan para la música folklórica.

P.: Ahora sí, hagamos un poco de historia.

C.K.: Ya a los 8 años tocaba música clásica en el piano. Quise estudiar filosofía y entonces me mudé a Amsterdam. Como no pude llevarme el piano, mi hermano me sugirió que me comprara un acordeón a botones -una «verdulera», como le dicen ustedes-y después me compré también una concertina exagonal. Empecé a hacer música folklórica con esos instrumentos. El asunto es que en algún momento tuve la oportunidad de escuchar un disco del bandoneonista argentino Juan José Mosalini, «Don Bandoneón» y eso me cambió la vida. Más adelante, tuve la suerte de escuchar en vivo al Sexteto Mayor, la primera vez que vi un bandoneón. Los pasos siguientes no fueron fáciles, porque tuve que hacerme autodidacta a la fuerza; en Holanda no había ni bandoneones -el primero me lo trajo un argentino de Buenos Aires- ni, mucho menos, métodos para estudiarlo. Así que, como un niño con su mamá, los discos de Pugliese y de Piazzolla, sobre todo, fueron mi guía. Más adelante, sí tuve la posibilidad de estudiar un poco con Alfredo Marcucci y con Mosalini. Pero la mejor escuela fue cuando tuve la posibilidad de viajar a Montevideo y a Buenos Aires por primera vez. Entonces compré muchos discos, me hice de partituras y de arreglos y, sobre todo, empecé a entender el lugar en el que se hacía esta música.

P.: ¿Y cómo aparece su música frente al «tango europeo», que es bien distinto al suyo?


C.K.:
Esos comienzos de los que hablo sucedieron a mediados de la década del '80. Desde entonces, ha sido una lucha convencer a los holandeses de que trataba de cosas distintas. Actualmente, está mucho más claro porque el tango argentino se ha difundido mucho. En todas las ciudades hay no menos de 500 lugares para bailar y la gente conoce mejor de qué se trata. Curiosamente, sin embargo, no hay muchos músicos de tango.

P.: Pero, seguramente habrá un movimiento de «world music», hoy tan de moda en todo el mundo.


C.K.:
Sí, por supuesto. Y eso ha permitido que yo tenga una cátedra de bandoneón de tango en el conservatorio, así como hay otras de flamenco, de música brasileña, del Caribe o de la India.

P.: ¿Cómo fue su relación con Pugliese y con Piazzolla?


C.K.:
Tuve la enorme suerte de poder conocerlos y hasta de tocar con ellos. Pugliese -a quien le dediqué un tango que se llama «Clavel rojo»- me invitó una vez a tocar aquí con él. A Astor lo conocí en Holanda. Me escuchó tocar y le gustó: «¿Vos estuviste en Buenos Aires, no?», me dijo; «seguí pibe que tocás fenómeno». Tanto que poco después me llamó a casa para invitarme a participar en su espectáculo «Tango Apasionado» en Nueva York.

P.: ¿Le gusta venir a tocar a Buenos Aires?

C.K.: Es que ya, venir aquí es como llegar a casa. La primera vez que vine fue como un sueño. Yo tenía una fantasía sobre la ciudad a partir de la música, de las fotos, de lo que me contaban. Y verla en directo fue como una película. Entrando a la ciudad sentí que era como la música de Pugliese, llena de altibajos, de cambios, con casas bajas en estilo español mezcladas sin lógica aparente con edificios grises muy altos. Como un caos.

P.: ¿Le pareció atractivo ese caos?

C.K.: Es que en Europa, mucha gente tiene pensamientos tan rígidos que la vida termina haciéndose muy aburrida. Como dijo García Márquez refiriéndose a los países desarrollados: «Ustedes tienen mucha plata pero nosotros nos divertimos más». Y coincido con él. En el norte, la gente es más individualista, más egocéntrica; podríamos ironizar diciendo que «mi libertad termina donde comienza el jardín de mi vecino». Esa libertad que tienen ustedes, aún con los padecimientos, es muy atractiva. Definitivamente, en el sur la vida es mucho más linda.

P.: Entonces, habrá pensado en mudarse al sur...


C.K.:
No. Desde chico siempre me sentí un bicho raro y hasta diría que no me sentía holandés. Pero después, viviendo afuera empecé a querer mucho a mi país y ahora soy el más holandés de todos. Creo que no podría vivir en otro lugar, aunque sin perder contacto con otras cosas. Igualmente, ya no vivo en Amsterdam. Me mudé a un pueblo muy pequeño, donde no viven más de 200 personas.

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