28 de enero 1999 - 00:00

"LA CAMARERA DEL TITANIC "

Cuando su carrera estaba a punto de naufragar por los excesos carnales como los de «Bambola», el catalán Bigas Luna salió a flote con su extraño Titanic que obviamente no tiene nada que ver con el de Cameron, salvo cierto aprovechamiento comercial tan simpático como oportunista.
Realizada casi al mismo tiempo que la película con Leonardo DiCaprio pero, como se ve, estrenada aquí mucho más tarde-, «La Camarera del Titanic» es un film «exploitation» en cuanto a que ya desde su slogan publicitario («Hubo más que una historia de amor en el Titanic») no desaprovecha la oportunidad de convertirse en subproducto del film más taquillero de todos los tiempos.
Pero aquí termina todo parecido. Bigas Luna ha dedicado una filmografía casi íntegra a plasmar todo tipo de erotismo desquiciado, incluyendo escenas de fuerte sadomasoquismo e incesto («Las edades de Lulú»), violencia sexual y necrofilia («Bilbao»), sexo místicoreligioso («Reborn»), sexo con perros («Caniche») y hasta anguilas («Bambola»). Aunque nunca llega a estos extremos, de algún modo «La camarera...» sintetiza su aproximación al cine, ya que se trata de una película sobre la fantasía sexual en estado puro.
Olivier Martínez es un obrero francés que gana una competencia organizada por su patrón y recibe el premio de ser testigo de la partida del inundible Titanic. Lástima que el premio no incluye a su esposa, víctima del acoso del libidinoso patrón. Solo en Southampton, el trabajador premiado tiene un extraño encuentro con una camarera del Titanic ( Aitana Sánchez-Gijón) con la que debe compartir su cuarto de hotel. Ella intenta seducirlo pero él sigue fiel a su mujer, aunque víctima de un poderoso deseo que sublima en sueños y fantasías.
De regreso en su pueblo, y convencido de que su esposa le ha sido infiel, el obrero se venga contándole a todo el mundo una versión exagerada del encuentro cercano con la camarera. La historia es tan buena que debe repetirla una y otra vez, siempre distorsionando los detalles al mejor estilo de aquel escribidor de Vargas Llosa. Pronto el narrador es contratado por un empresario teatral, se va de gira y hasta aparece en París convertido en un verdadero astro del varieté. Bigas Luna consigue que su película funcione en varios niveles: es un melodrama absurdo, una comedia delirante, un sober-bio film erótico, una original reflexión sobre el arte de narrar, una sorprendente historia de amor loco y una elaborada película de época, con una estética hipertrabajada pero no esteticista que está entre lo mejor de su director. Y a falta de efectos especiales, está Aitana Sánchez-Gijón, una beldad a la altura de las fantasías que despierta.

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