14 de septiembre 2001 - 00:00

La fuerza de Bregovic hizo bailar a todo el San Martín

Concierto de la Goran Bregovic Wedding And Funeral Band. Festival Internacional de Buenos Aires. Teatro San Martín (12/9).

Será difícil olvidar el concierto de Goran Bregovic y su Banda de Bodas y Funerales de anteanoche. Su actuación fue un vendaval de alegría, una incontrolable descarga de vitalidad que terminó por hacer bailar a todo el público de la sala Martín Coronado del Teatro San Martín, que no parecía sentirse satisfecho ni con la más de media hora de bises que generosamente se le brindó desde el escenario, y que después lo esperó en la calle como a una estrella de rock.

La música de Bregovic es gitana, y por su misma naturaleza es sanguínea, desprolija y festiva, pero también huele a tragedia y a dolor acumulado. En sus bronces y sus cuerdas resuenan a la vez la alegría y la pena, y en sus maravillosas voces la luz de la libertad y la oscuridad del dolor. Es la música de Sarajevo y los Balcanes, el atropellado y melodioso sonido de los sobrevivientes, el de la tregua y el remanso en medio de la guerra. No podía el azar haber elegido un espectáculo más acorde con el espíritu de estos días para iniciar el Festival Internacional de Buenos Aires.

El músico de las películas de Emir Kusturica tiene un timing único para el espectáculo, y la puesta en escena del concierto fue tan cuidada como la interpretación musical misma. Retrasa calculadamente su aparición, en impecable traje blanco, luego de que el no menos ovacionado Ognjan Radivojevic haya empezado a dirigir, para después interpretar percusión, acordeón, y cantar.

A la derecha, un coro bosnio de voces masculinas, desde los tenores más agudos hasta los bajos más cavernosos; a la izquierda, un incomparable trío de voces femeninas búlgaras, en atuendos folklóricos; detrás, la formación de cuerdas polacas y un flautista con zapatos como los de Hamelin, y a lo largo de todo el escenario, la estridente banda de bronces gitanos, presidida por Radivojevic y Bregovic en guitarra eléctrica, derbouka, sintetizadores y voz. El conjunto, además, oscila entre los maestros de música hasta quienes ni siquiera saben leer una partitura, pero que tocan con la intuición de su sangre y de su raza.

La deliberada mezcla de procedencias es, también, la condición misma del estilo Bregovic, que surgió del rock en los años '70 y evolucionó más tarde a la potenciación de las formas populares de su tierra. Sobre esa base étnica, con citas sonoras en donde se reconocen desde el tango (tango gitano, claro) hasta las letanías orientales, Bregovic logró, en buena medida gracias a sus bandas de sonido para el cine, el renacer del interés de Europa por la música gitana, de la que se convirtió en las últimas dos décadas en su representante por excelencia.

El concierto tuvo sus tiempos de estudiados contrastes: a la melancolía de algunas composiciones le siguió, casi sin respiro, la fogosidad de las más exaltadas de sus composiciones, desde el famoso «
Kalasnjikov» de la película «Underground» hasta la estupenda interpretación, a dos voces (Bregovic y Radivojevic) de «Ausencia», de la misma película, que había hecho famoso Cesaria Evora.

Otros momentos muy festejados de la noche fueron el de
«Margot (E-Laj)», del film de Patrice Chéreau «La reina Margot» y donde se destacó el coro masculino, el «Ederlezi Avela» de «Tiempo de gitanos», la canción humorística «In the Death Car» que Bregovic había compuesto para Iggy Pop, y el brillante «Mjesecine-Brillo de luna» de «Underground». Otro único concierto anoche, en el Gran Rex y fuera del marco del festival, ha sido demasiado poco y ha dejado a mucha gente fuera de esta celebración de los sentidos.

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